Política y protección de datos

Emilio Campmany

El reciente escándalo de Facebook está sobredimensionado. Evidentemente, no tiene gracia que la red social venda el acceso a los perfiles de sus clientes. Pero, todos los usuarios de internet, a la vista de la publicidad que salta en nuestros monitores y los correos electrónicos que recibimos, tenemos la sospecha de que se trafica más o menos libremente con nuestros datos. Es más, el altísimo valor que se otorga a estas compañías en los mercados se basa en gran medida en la riqueza que supone la inmensa cantidad de datos que poseen. Y tal riqueza no sería tal si no hubiera modo de comerciar con ellos.

Lo que ha agravado el escándalo Facebook es que quien accedió a sus datos, Cambridge Analytica, no los utilizó sólo en campañas publicitarias, sino también para influir en las elecciones norteamericanas y en el referéndum del Brexit. Así, con grosero cinismo, The Economist critica aceradamente a Facebook por no haber sabido preservar la privacidad de sus usuarios y a renglón seguido reconoce haber recurrido a Cambridge Analytica y a los datos que disponía para una campaña de marketing.

La información que de todos nosotros posee cualquiera de estas compañías que conocemos como redes sociales permite realizar campañas publicitarias a bajo coste dirigidas directamente a usuarios potencialmente interesados en el producto que se vende. Aparte la cuestión de los costes y del trato directo, esto ya se podía hacer contando con buenas encuestas y gastando fortunas en anuncios en los medios que consume el público al que uno quiere dirigirse. El proceso es esencialmente el mismo. Se ofrece al potencial elector lo que éste desea que le ofrezcan.

Lo lamentable de todo el asunto no sólo es, por tanto, que estas compañías trafiquen con los datos de sus clientes sin su consentimiento. Lo peor es que, con las nuevas tecnologías, legales o no, los políticos pueden hacer al electorado las promesas que saben que quieren que se les hagan sin consideración alguna a lo razonables que sean.

Por lo tanto, los recursos que las nuevas tecnologías ponen en manos de los políticos es un problema que va mucho más allá de una cuestión de protección de datos. El problema real es que permiten a los políticos ofrecer lo que el electorado quiere y prescindir de todo esfuerzo para convencerle de lo que el político crea que conviene. Por eso ahora triunfan en política personas que no creen en nada. Porque ya no es necesario. Es más, tener ideas constituye un lastre. Es preferible estar huérfano de ellas para poder ofrecer con convicción lo que las encuestas o los datos de cualquier red social digan que la gente desea. En política ya no hay sitio para hombres de Estado o pensadores, ni siquiera para gestores. Bastan actores. El papel que tengan que representar ya lo dirán las compañías de marketing. El que éstas tengan o no acceso a la base de datos de Facebook no es irrelevante, pero no es lo más importante.

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