Estado de la Nación

Perder debates, ganar elecciones

Emilio Campmany

Entre el electorado del Partido Popular ha dejado un sabor agridulce el papel de Rajoy en el último debate del estado de la nación porque, a pesar del magnífico discurso con el que contestó por la tarde al ladrillo que nos endiñó el presidente de Gobierno por la mañana, luego, en el cuerpo a cuerpo, a bayoneta calada, perdió. A los puntos, pero perdió. Por poco, pero perdió. ¿Por qué no contestó que es precisamente la lealtad que la oposición le debe al Estado la que le exige denunciar la deslealtad del Gobierno para con ese mismo Estado? ¿Por qué no explicó que los debates sobre el estado de la Nación no son para que el presidente regañe a la oposición? ¿Por qué no le espetó que mejor le iría si, en vez de enarbolar libros de texto sobre Educación para la ciudadanía, le diera un repaso a los de Gramática y Ortografía? ¡Hubiera sido tan fácil!

Sin embargo, Rajoy no tenía los ojos puestos en las encuestas inmediatamente posteriores al debate, sino en la gran encuesta que se celebrará con ocasión de las elecciones generales. El objetivo que se marcó fue el de lanzar una única pregunta, clara, repetida hasta la saciedad. Una escrita con la brocha gorda que exige la necesidad de llegar a todos, hasta los más distraídos. Una, en fin, que pusiera en evidencia la deslealtad de Zapatero para con todos los españoles durante la gestión del proceso.

Rajoy sabe emplear muy bien el florete, que es el arma con la que se ganan los debates parlamentarios, pero la pasada semana decidió recurrir a la que sirve para ganar elecciones: el martillo pilón. En definitiva, decidió renunciar al brillo personal, a cambio de la eficacia electoral.

¿Es que puede ser eficaz darle vueltas y vueltas al tema de las actas de las reuniones con ETA? De momento ha servido para contrarrestar el ¡viva Cartagena! tirado con pólvora del rey que ha sido lo de los 2.500 euros por parto. Por otro lado, lo más probable es que, cuando se desvanezca el último eco de esta traca presupuestaria, se seguirá hablando de las actas. ¿Por qué? Porque, por increíble que parezca, existen y porque, una vez que existen, es sólo cuestión de tiempo que nos cuenten, a plazos o de una vez, lo que en ellas consta. Alguien ha sugerido que Rajoy conoce lo explosivo de su contenido y por eso exige su entrega a la opinión pública. Lo sepa o no, no hace falta ser un lince para adivinar la clase de compromisos que el Gobierno asumió o pudo estar a punto de asumir en esas reuniones. En cualquier caso, si Zapatero fuera realmente inocente, ¿qué inconveniente habría en mostrárnoslas a todos, incluidos sus electores?

Rajoy siempre ha preferido subir a la tribuna de oradores con la actitud de un elegante gran danés. La semana pasada, en cambio, prefirió mostrase como un terrier, decidido a enganchar el calcaño de su enemigo y no soltarlo hasta el día de las urnas. Puede que no sea el modo más brillante de comportarse, pero recordemos que doña Leonor, o sea, España, no está para tafetanes, y ganar es mañana más necesario que nunca.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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