Gibraltar

Pellizcos de monja

Emilio Campmany

Como Franco hizo un cierto esfuerzo por recuperar Gibraltar, resulta que defender una postura de firmeza en este asunto es una cosa de derechas y mantener una actitud de buena vecindad es una manera de ser de izquierdas. Por eso, la verja que Franco cerrara se abrió nuevamente durante la época de Felipe González y por eso ha sido un ministro de exteriores de Zapatero el primero en visitar de forma oficial el peñón.

Ahora, como gobierna la derecha, toca fruncir el ceño y ponerse serio. Y como los condes de Essex van a visitar la colonia para presidir allí los actos de celebración del sesenta aniversario de la coronación de Isabel II y las autoridades de Gibraltar no dejan pescar a los gaditanos en las aguas de alrededor, se decide que nuestra reina no vaya a comer con la de ellos a Londres.

El gesto me parece un insulto gratuito. Es un insulto porque lo que pretendemos es devolver el que ellos nos hacen. Y es gratuito porque no servirá para nada. Puestos a hacer gestos inútiles, ¿por qué no prohibimos a nuestros equipos viajar a Londres a competir en la trigésima Olimpíada? Ah, eso sí que no. Al español sentado no se le puede privar de ver en televisión a nuestros deportistas, ahora que nos creemos capaces de ganarlo todo.

Con Gibraltar hay que decidir si nos olvidamos de la herida y aceptamos la situación de la forma más natural posible o nos ponemos a recuperarlo con todos nuestros recursos, excluidos los basados en la fuerza. Yo prefiero lo segundo, pero reconozco que lo primero tendría defensa si a cambio somos capaces de estrechar lazos con los ingleses para apoyarnos mutuamente en Europa frente al binomio franco-alemán. Ahora, si como parece queremos lo segundo, habrá que hacerlo con seriedad.

Ser serios en esto no es que la reina no vaya al almuerzo al que está invitada sino, lo primero, cerrar la verja, aunque fuera lo mismo que hizo Franco. Cortar las comunicaciones telefónicas con Gibraltar, por ejemplo, supondría acabar con el negocio de los casinos virtuales con sede allí y con los pingües beneficios que reporta a los llanitos. Y es sólo uno de los muchísimos perjuicios que en nuestra mano está infligirles. Naturalmente, hay que estar dispuesto a arrostrar los previsibles reveses económicos que la medida acarrearía para el Campo de Gibraltar, entre otros los que sufrirían los 7000 españoles que se ganan la vida al otro lado de la verja. Pero así no necesitaríamos decirle a la reina que no vaya a Londres porque no la invitarían y serían ellos los que se negarían a venir a celebrar nada con nosotros. Pero, lo que es estúpido es insistir en esta política de gestos para la galería que lo único que hace es poner bajo el foco nuestra propia impotencia. Si vamos a pelear por Gibraltar, hagámoslo de verdad. Y si no vamos a hacerlo, evitemos al menos hacer el ridículo.

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