Pacifistas de salón

Emilio Campmany

La actitud de España en la crisis venezolana no puede ser más farisaica. Reconoce a Guaidó como legítimo presidente, pero le obliga a dialogar con el usurpador Maduro. Hace lo que los países del Grupo de Lima, los que reconocen a Guaidó, pero se integra en el de Contacto, que es donde están quienes apoyan al chavismo. Quiere que en Venezuela se restaure la democracia, pero exige que se haga dialogando con quien la secuestró.

Lo curioso es que España no es la única que se contradice. Lo hacen todos los países miembros de la Unión Europea que siguen nuestros pasos, incluidos Francia, Alemania y Reino Unido. También lo hacen los del Grupo de Lima, que exigen a Guaidó que dialogue con Maduro y que la transición sea pacífica. Federica Mogherini ha expresado la contradicción en muy pocas palabras diciendo que la transición ha de ser democrática y pacífica, las dos cosas. En otro caso, se supone, no tendrá el respaldo de la Unión Europea.

A pesar de que no sea sólo España la que esté diciendo y haciendo tonterías, es la más responsable porque, como el propio Sánchez se enorgullece en reconocer, son muchos los países que siguen nuestra estela, aunque más bien habría que llamarla deriva.

Es muy tranquilizador para nuestros frágiles electorados exigir que la transición sea pacífica y distanciarse de la belicista actitud de Estados Unidos, que no ha descartado recurrir a una operación militar para restaurar la legalidad democrática en Venezuela. Es algo que han hecho casi todos. Sin embargo, olvidan que la transición ya no será en ningún caso pacífica. Para empezar, están los cuarenta cadáveres que las fuerzas de Maduro han dejado en las calles. Es posible que, para Sánchez y Mogherini y demás papanatas, no haya violencia hasta que ésta se ejerza contra Maduro y que, mientras sea Maduro el que la emplea contra su pueblo, no puede hablarse de verdadera violencia. Pero hay un segundo factor mucho más importante. Si Guaidó sigue en libertad y puede mal que bien ejercer su presidencia interina y ser reconocido por la pusilánime España y sus imitadores lilas, es porque Trump ha amenazado seriamente a Maduro con que recurrirá a la fuerza si las tropas chavistas detienen o en cualquier otro modo amedrentan o violentan a los miembros de la Asamblea Nacional y a su líder. La amenaza del uso de la violencia es violencia. Y es esta violencia, que esperemos baste en el grado de amenaza, la que permitirá en su caso que Venezuela transite hacia la democracia. Sin esta violencia, la transición no sería posible.

No serán las fatuas palabras del pacifista Sánchez ni el vacío discurso de la apaciguadora Mogherini las que restaurarán la democracia. Tampoco será la cínica diplomacia del sibilino Borrell la que lo haga. La democracia llegará en su caso a pesar de ellos, porque su pacifista actitud, que socava la credibilidad de la amenaza norteamericana, da alas al chavismo, que en estos momentos se está planteando detener a Guaidó y negociar con esa carta en la mesa. Y se hará desde luego con violencia, la que están dispuestos a emplear los norteamericanos. Luego, cuando finalmente llegue, gracias a esa amenaza, la democracia, tendremos que soportar a Sánchez, a Mogherini y a los demás colgarse las medallas rodeados de almibarados aplausos.

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