Otegi inmaculado

Emilio Campmany

Algo tiene la ETA que encanta a la izquierda. En los tiempos de Franco, muchos socialistas y comunistas admiraban el coraje que demostraban los gudaris cuando se acercaban a un policía nacional por la espalda, le descerrajaban un tiro en la cabeza y huían corriendo. Era lo que a ellos les hubiera gustado hacer si hubieran tenido el valor. Luego llegó la democracia y muchos siguieron admirando a los etarras porque se atrevieron a rechazar la reforma con todas las de la ley, no como ellos, que se arrugaron y renunciaron a todo aquello en lo que creían, la ruptura, la república, la tricolor, el himno de Riego y todo lo demás. Incluso cuando la izquierda accedió al poder, una parte de ella siguió admirando el coraje de esos luchadores que se negaron a transigir con el capitalismo, la burguesía, los curas, el ejército y los bancos. La llegada de Aznar al Gobierno tuvo, entre otras muchas, una consecuencia desoladora para la izquierda, la demostración de que se podía acabar con la admirada banda sin necesidad de negociar nada. Y eso no podía ser. Estando más o menos equivocada, la ETA era de los suyos y había que darle una salida digna. Así que vino Zapatero de la manera en que vino y le ofreció dejar de matar a cambio de, entre otras cosa, la posibilidad de que Otegi sea un día lehendakari.

Luis Aizpeolea, el periodista de El País, que se sabe muy bien los entresijos de esa negociación, aunque no la ha contado del todo, escribe en su periódico un artículo que es paradigma de lo que la ETA sigue siendo para buena parte de la izquierda. Empieza contando que un grupo de historiadores a sueldo de Ajuria Enea ha concluido que la continuidad de la ETA tras la llegada de la democracia carece de justificación. Claro que, para hacer juicios morales, deberían haber contratado a filósofos, no a historiadores, por muy dispuestos a cobrar que estuvieran. Luego es el periodista el que prosigue con las obviedades y explica que, sin el acoso policial, judicial, político y social, ETA no hubiera dejado las armas. Pero que también hay que reconocer que

Otegi contribuyó, en su último tramo, a ese final

y que

sin su trabajo dentro de la izquierda abertzale difícilmente se hubiera logrado que ETA acabara en octubre de 2011 por muy debilitada que estuviera.

O sea, que tenemos que estar todos muy agradecidos a Otegi por haber reconocido, aunque le haya costado un poco, que lo de matar a tanta gente no iba a ningún lado y era mejor hacer política por lo normal. Cualquier cosa antes que admitir que lo que merece un terrorista es estar en la cárcel y, una vez cumplida su condena, en su casa. Pues nada, que le pongan un monumento a Otegi, que le hagan una estatua ecuestre llevando a la grupa a Zapatero y que pongan a Eguiguren y a Aizpeolea de pie delante, llevándole el caballo por el freno

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