Crisis económica

Oro negro

Emilio Campmany

A los socialistas no les falta razón cuando dicen que buena parte de la responsabilidad de la crisis es foránea. Ellos no tienen la culpa de que el petróleo haya subido tanto. Es verdad que no la tienen. Tampoco la tienen, dicen, de que el territorio español no atesore en sus entrañas una sola gota del untuoso líquido. Ni de que, por tanto, España dependa del exterior al estar obligada a importar todo el petróleo que consume.

Pero en eso no tienen razón. Por un lado, hay indicios de que bajo aguas canarias hay yacimientos petrolíferos cuyo derecho de explotación nos disputa Marruecos. Es atribuible a los socialistas y a todos nuestros políticos la cobardía de no querer intentar prospectar estos yacimientos, cuyas reservas, de existir, nos pertenecen. Todos ellos temen irritar a Mohamed VI, el cual, convencido de la "marroquinidad" de las islas, se sentiría gravemente ofendido si los españoles explotaran allí algo más que no fuera el turismo y las plataneras, que son recursos que el magnánimo alauí nos permite disfrutar por graciosa liberalidad.

Y aunque tales yacimientos no existieran o fuera su explotación tan costosa que no mereciera la pena intentarla, es obvio que a través de la energía nuclear se puede disminuir notablemente nuestra dependencia del petróleo extranjero.

La izquierda lleva decenios renegando de las centrales nucleares basándose en lo peligrosas que resultan, cuando el único accidente serio que ha sufrido una central nuclear ha sido por haber estado gestionada por personas y con métodos comunistas. Cuando el petróleo alcanzó los ciento cuarenta dólares por barril, algunos socialistas sugirieron revisar su aversión a lo nuclear. Tiene gracia que uno de ellos fuera el máximo responsable de nuestras actuales carencias energéticas, Felipe González.

Pues bien, justo cuando el debate empezaba a abrirse y comenzaba el gran público a tener interés por conocer la opinión de los expertos acerca de los riesgos reales de las centrales nucleares, van y se conocen durante este verano algunos pequeños incidentes (o graves accidentes, si quieren) que afectan a centrales nucleares españolas. Naturalmente, la timorata opinión pública española ha vuelto a esconder la cabeza debajo del ala y pasarán meses, si no años, hasta que quiera volver oír hablar de la posibilidad de construir nuevas centrales.

Mientras tanto, nuestros paisajes, entre la indiferencia de los ecologistas de izquierda, cada día están más feos, atestados de enormes molinillos blancos que sirven para poco más que repartir subvenciones entre los propietarios de los terrenos en los que se instalan. Y ya se sabe que España será una monarquía o una república, pero nunca dejará de ser el imperio de la subvención donde el que no la da la recibe, si es que no hace las dos cosas al mismo tiempo.

A veces me pregunto si no habrá en España poderosas personas con interés en que nuestro país padezca uno de los mayores porcentajes de dependencia energética que pueda encontrarse en Occidente para que así casi toda la energía que consumamos tenga su origen en el oro negro que compramos. Es verdad que luego llegan los jeques a Marbella y reparten entre sus amigos unas propinas espléndidas, pero a los demás no creo que nos compense. Como dice el viejo proverbio de vago origen árabe: no hace falta tener muchos amigos, basta serlo del más poderoso.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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