No es sólo Francia

Emilio Campmany

Tradicionalmente, el fundamentalismo islámico se ha debatido entre dos estrategias. La tradicional era la de golpear a los Gobiernos apóstatas de los países de mayoría musulmana para hacerse en ellos con el poder y desde ahí reconquistar la tierra del islam y constituir el gran califato. Al Qaeda y Ben Laden la abandonaron y elaboraron otra basada en la convicción de que nunca lograrían derrocar a los Gobiernos apóstatas mientras éstos recibieran ayuda de Occidente. En consecuencia, era en Occidente donde había que golpear, hasta convencer a sus Gobiernos de que dejaran de influir en los países musulmanes. Huérfanos de la ayuda occidental, los Gobiernos apóstatas sí podrían ser entonces fácilmente derrocados. La reacción de los Estados Unidos a los atentados del 11 de Septiembre, la muerte de Ben Laden y la práctica desarticulación de Al Qaeda han demostrado al fundamentalismo islámico que quizá fuera mejor volver a la antigua estrategia. Eso es lo que está intentando el Estado Islámico. Su acierto estratégico ha consistido en establecerse en una región donde, tras la marcha de las tropas estadounidenses de Irak, no hay ningún poder estatal controlando el territorio. Allí, además, hay petróleo con el que financiar sus actividades. Y luego se ha aprovechado de la guerra civil siria, consecuencia de las especiales circunstancias del país cuando sopló por Oriente Medio la mal llamada primavera árabe. Ello le ha permitido ampliar su base territorial y estratégica.

Sin embargo, el Estado Islámico ha sido capaz de entender que, desde cierto punto de vista, Ben Laden y Al Qaeda tenían razón en una cosa: a la larga Occidente, mientras se sintiera seguro en su casa, acabaría interviniendo para impedir que una organización fundamentalista controlara un territorio rico en recursos petrolíferos. Por eso ha querido mantener en jaque a las sociedades europeas a fin de prevenir cualquier intervención por su parte. Y han ocurrido dos cosas. Por un lado, el atentado contra Charlie Hebdo, aunque provocó la reacción de Francia y el bombardeo de algunos campamentos terroristas, logró su objetivo principal, que la revista dejara de publicar viñetas de Mahoma. Por otro, Rusia, aprovechando el vacío que han dejado los Estados Unidos tras la firma del acuerdo nuclear con Irán, ha intervenido en Siria para defender a su amigo Bashar al Asad. La intervención rusa ha sido contestada con el derribo un avión de esa nacionalidad con más de doscientos pasajeros. Ahora, estos atentados de París, dirigidos contra otra potencia que osó intervenir tímidamente en Siria, no están tanto pensados para castigar nada ni provocar ninguna reacción concreta como para demostrar a todos los europeos tentados de intervenir en Siria y en Irak la realidad de las enormes capacidades logísticas de los terroristas. Quien intervenga allí ya sabe a lo que se expone.

Los norteamericanos se han ido. Privados de su protección, y más allá de los grandes discursos, los europeos tenemos que decidir si queremos postrarnos de rodillas ante los terroristas islámicos o preferimos combatirlos con todas nuestras fuerzas, siendo conscientes de las consecuencias terribles que tendríamos que arrostrar. Está en juego nuestra libertad. Nosotros decidimos.

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