PP-PSOE

Naturales compañeros de cama

Emilio Campmany

Cuando Pepe García Domínguez pronosticó que el próximo Gobierno sería uno de coalición PP-PSOE, no le creí. Es más, desdeñé la idea con imperdonable suficiencia condescendiente. Hoy, si una casa de apuestas ofreciera la ocasión, me jugaría cincuenta euros a que eso es precisamente lo que nos espera. Los signos son palmarios. Rajoy y Rubalcaba llevan meses peleando con chichonera y apenas marcan los golpes. En el PSOE nadie chista sobre Bárcenas, la Gürtel o los casos de oprobioso nepotismo que se suceden. Ya puede el marido de Cospedal acopiar consejos de administración, que los socialistas nada obstan. Y los peperos, con leal reciprocidad, se amontonan para salir en defensa de Maleni. Los sindicatos, que se suponía que se la tenían jurada a Rajoy por los recortes, se reúnen y se dejan fotografiar con él en insólita actitud servil. Tan falta de fuelle anda la oposición que en el PP, para no perder la forma, han empezado a discutir entre ellos.

Por si todo esto no fuera suficiente para demostrar que el proceso de convergencia entre los dos partidos está en marcha, va el Tribunal Constitucional y nos revela la verdad. En cosa tan espinosa como la declaración unilateral de soberanía aprobada por el parlamento de Cataluña ha resuelto por una hasta ahora imposible unanimidad que aquí no hay más soberano que el pueblo español. Pero, eso sí, añadiendo que es muy conveniente dialogar sobre el asunto y que la Constitución es reformable. Si Rajoy y Rubalcaba hubieran negociado la redacción de la sentencia, el texto no habría sido muy diferente tras haber Rajoy insistido en la declaración de inconstitucionalidad y Rubalcaba acotado lo de que hay que dialogar y recordado que la Constitución se puede reformar. El acuerdo para modificarla ya está en el horno y su fétido olor sale de la cocina para invadir toda la casa. Apesta a que se proponen trocear la soberanía para hacer como que nos transforman en Estado federal, cuando en realidad seremos varias naciones unidas en confederación el poco tiempo que tarden los independentistas catalanes en volverse a hartar.

Tanto es así que, según cuenta Alicia González en la información que publica Libertad Digital, al hijo de Santiago Carrillo, rector de la Complutense, ya le llaman fascista a gritos. Si su padre levantara la cabeza, le daba un patatús. No había para él cosa peor que un fascista. Contra todos ellos, reales o imaginarios, había estado luchando toda su vida. Ahora no se lo dicen sólo a los de derechas, se lo escupen también al hijo del que fuera secretario general del Partido Comunista. Es la prueba de fuego. Si das lugar a que te llamen fascista es porque estás a punto de gobernar con el PP.

En la Transición, ahora que se ha puesto de moda repasarla, se decía mucho aquello de que la política hace extraños compañeros de cama. Aquí harán algo más que encamarse. Pero, siendo los dos lo mismo, no tendrá nada de extraño.

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