Misión en el Vaticano

Emilio Campmany

El día se levantó tristón, como si el clima, algo franquista, se negara a celebrar la buena nueva. El haiga de lunas tintadas poblado de un bosque de antenas recorrió los caminos de la Moncloa hasta llegar a la puerta del palacio. En el umbral esperaba nervioso un hombre alto, enjuto de carnes, piel aceitunada y semblante jovial. A grandes zancadas, el hombre bajó los escalones y fue a recibir a la ministra recién llegada de su delicada misión diplomática en el Vaticano. Un valet de gesto adusto, aire severo y rostro imperturbable abrió la portezuela. Del vehículo se bajó una mujer menuda que se fundió en un abrazo con el hombre que había salido a recibirla:

–Un éxito, presidente, ha sido un éxito.

–Vamos dentro y me cuentas los detalles.

Los dos gobernantes se acomodaron en una pequeña salita decorada con pinturas de tan alto precio como mal gusto.

–Dime, Carmen. Entonces, ¿están de acuerdo con que Franco no sea enterrado en la Almudena?

–¡Por supuesto, Pedro! Nos dan la razón en todo. El dictador no descansará en sitio tan principal.

Llamaron a la puerta y, sin aguardar permiso, entró un joven con unos papeles bajo el brazo:

–Perdona, Pedro. Es urgente. Quiero que des tu visto bueno al programa de salidas al extranjero que te he preparado.

–¿Iremos en el Falcon? –preguntó el presidente.

–Supongo que sí –contestó el funcionario.

–Si es en el Falcon, voy a donde tú quieras. De todas formas, siéntate con nosotros, Iván. A ti, como jefe de gabinete, también te interesa esto.

La ministra continuó narrando su triunfo:

–Piolín me ha dicho…

–¿Piolín? –preguntó Iván Redondo, mano derecha del presidente. ¡Será Parolin!

–Bueno, sí. Parolin, Piolín, ¿qué más da? El caso es que el cura me ha dicho que ellos harán lo que puedan.

–¡Excelente! –exclamó eufórico el presidente aplaudiendo y levantándose a besar a su ministra.

Recuperado del ataque de entusiasmo, se sentó y preguntó:

–¿Has tenido que recurrir a las veladas amenazas de las que hablamos?

–Desde luego –contestó la ministra–. Pero lo he hecho de una manera muy sutil.

–¿Qué le has dicho?

–Pues, de muy buenas maneras, que si se enterraba a Franco en la cripta le daríamos la catedral de Córdoba a los musulmanes, le cobraríamos el IBI a la Iglesia y nos quedaríamos con todo lo que han inscrito en los registros estos años.

"Sutil como un puntapié en la espinilla", pensó el jefe de gabinete, que prefirió no compartir con nadie su impresión.

–El caso es que tenemos al Vaticano de nuestra parte –continuó la ministra.

Estupefacto, Iván Redondo no pudo evitar preguntar:

–Han dicho que harán lo que puedan, pero ¿pueden hacer algo?

La ministra se encogió de hombros:

–Supongo que sí.

–Que sí, ¿qué?

–Bueno, dijo algo así como que tendríamos que convencer a la familia.

El presidente no quiso que las observaciones de su jefe de gabinete le aguaran la fiesta:

–Claro, claro, pero a los familiares, que son muy meapilas, les convencerá el Vaticano.

"Yo no estaría tan seguro", pensó el asesor, pero tampoco en esta ocasión quiso compartir sus dudas.

–Además de camino a Madrid en el Falcon

La mujer se detuvo y sacudiendo la mano en el aire dijo:

–¡Vaya pedazo de cacharro, presidente!

–¡Pedazo de avión, tía! –apostilló Pedro.

–Bueno, lo que te decía. En pleno vuelo se le ocurrió a uno de los míos que podríamos impedir la inhumación aplicando la Ley de Memoria Histórica, que prohíbe que Franco tenga una tumba de tronío.

–¿Lo dice así? –preguntó de nuevo el incómodo jefe de gabinete.

–¡Yo qué sé cómo lo dice! –Se enfureció la ministra–. Algún artículo habrá que lo diga.

Redondo miró a la ministra, que se reía con estruendo, y después volvió los ojos a su jefe, que festejaba con las mismas risotadas el grandioso éxito. Al final, no pudo contenerse:

–Pues si hay que convencer a la familia o recurrir a no se sabe qué artículo de la Ley de Memoria Histórica, ¿de qué ha servido el viaje al Vaticano?

–¡Calla, Iván! –atajó el presidente–. Cómo se nota que vienes del PP. Cuando te descuidas, te sale el facherío.

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