Película

Mi nombre es Garzón, Baltasar Garzón

Emilio Campmany

Al fin llega Garzón, la película. El inminente estreno se producirá con gran fasto el próximo lunes 14 en el festival de Berlín. El rodaje, naturalmente, se ha hecho en "un blanco y negro excepcional", como ya hizo Spielberg con La lista de Schlinder. Si el asunto es realmente serio, y el Holocausto y Garzón lo son, el technicolor sobra. Nos cuenta también el cronista de El País queel rodaje se llevó a cabo "en un frío apartamento madrileño prestado para la ocasión". Teniendo en cuenta el precio de la luz en España y que la grabación fue hecha un 18 de diciembre, lo raro habría sido que se hubiera filmado "en un cálido apartamento madrileño".

El caso es que, como en tantas otras buenas películas, la imagen está supeditada a un gran guión. El diario de Prisa nos hace un resumen, advirtiéndonos que "algunas declaraciones (¿por qué no ‘confesiones’?) han sido editadas para su mejor comprensión". Debe ser que, en el film, el protagonista habla con la oscuridad que lo hacen sus autos. Puesto que no podemos, lamentablemente, disfrutar del largometraje, nos conformaremos con la transcripción convenientemente editada por los compañeros de la calle Miguel Yuste.

Se queja Garzón de que "se están necesitando dos años para que se celebre el juicio", como si el retraso fuese imputable al Tribunal Supremo. Quizá una voz en off debería aclarar que el retraso lo motiva la sucesiva recusación que el juez ha hecho de casi todos los magistrados que han tenido que ver con el caso. Y eso como si en su juzgado, cuando estaba a su cargo, los asuntos se hubieran resuelto echando virutas, como ocurre, verbigracia, con el caso Faisán.

Se queja igualmente el campeador de que "cinco de los siete magistrados que me van a juzgar son los que (...) han resuelto todos los recursos planteados por las partes". La misma voz en off podría recordar que, por ser magistrado de la Audiencia Nacional, Garzón goza del privilegio de que le juzgue un tribunal compuesto por nada menos que siete magistrados del más alto tribunal español. A los demás nos juzga uno, el que nos toque, y no se nos autoriza ni a rechistar. Por otra parte, el problema que pone de relieve Garzón es muy viejo y de él han sido víctimas muchos de sus procesados, pero él nunca puso inconvenientes a que ellos fueran juzgados por la misma sala que resolvió los recursos contra la instrucción. Lo hace ahora, que la víctima es él. El caso es que, si esta doctrina prosperase, Garzón necesitaría, para ser juzgado, diez magistrados del Tribunal Supremo: uno para que instruya, tres para que resuelvan los recursos que Garzón vaya poniendo a la instrucción y siete para que le juzguen una vez la instrucción haya concluido. Y eso, sin contar recusaciones.

Lo que no explica el juez es por qué aplicó la Ley de Amnistía a los de izquierdas y dejó de hacerlo a los de derechas. Por qué le pidió dinero a un banquero imputado en su juzgado para financiar un curso en el que el juez participaría y por qué archivó la causa después de que el acusado aflojara la mosca. Ni por qué sometió a escuchas las conversaciones de los imputados en la Gürtel con sus abogados, lo que es una palmaria ilegalidad, además de una grosera violación del derecho de defensa. Digo yo que lo reservarán para la siguiente película, Garzón 2, la leyenda continúa.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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