Cataluña

Mejor un referéndum que la reforma

Emilio Campmany

El Gobierno, la oposición y buena parte de la prensa creen que Mas va de farol y que ha insistido en celebrar la consulta ilegal y hacerse portavoz de una supuesta mayoría de catalanes que desean la independencia sólo para fortalecer su posición negociadora. Es posible que sea así, pues de otro modo no se entiende para qué trajo a Madrid 23 propuestas que negociar cuando lo que se supone que quiere es la independencia y punto. Rajoy, por su parte, aun queriendo negociar, no está dispuesto a llegar ni mucho menos hasta donde quiere Mas, de forma que aprovecha la consulta para emprender acciones legales contra el presidente de la Generalidad para negociar con él su retirada. El PSOE y la mayoría de la prensa instan a ambos a negociar y a reformar la Constitución. No está claro que haya una reforma capaz de hacer que los independentistas renuncien a su objetivo, pero supongamos que sí que la hay.

El caso es que todos aquellos que, ya sean Pedro Sánchez o Anson, la patrocinan como medio de resolver el problema catalán no dicen nada del contenido que debería tener ni hasta dónde están dispuestos a ceder. Y no lo dicen porque si dijeran en lo que están pensando la mayoría de los españoles la rechazaría. Más bien creen que todo se debería cocinar de espaldas a la opinión pública para, una vez se haya llegado a un acuerdo, servir el guiso aprisa y corriendo y que nos lo comamos sin hacer demasiadas preguntas. Porque esa reforma, con independencia de los detalles, convertirá a España en una confederación donde la soberanía ya no será del pueblo español sino que estará troceada entre varios pueblos, uno de ellos, por supuesto, el catalán. Y será así porque Mas no puede, y probablemente tampoco quiera, conformarse con menos.

Y, francamente, creo que es inadmisible. Antes de que España se transforme de facto en una confederación y que el pueblo español deje de existir como entidad soberana, es preferible que los independentistas proclamen la independencia de su región. Para todos aquellos que, dentro y fuera de Cataluña, deseen hacer algo que, sin emplear la violencia, impida que los independentistas consuman su amenaza, la única solución que los demás podemos aceptar es la del referéndum. Uno en el que los catalanes tengan que decir sí o no como Cristo nos enseña. Si sale sí, adiós y que les vaya bonito, y si sale no que se conformen con la mucha autonomía que ya tienen, pero ni un privilegio más. Y que ellos decidan qué es lo que prefieren. Pero perseverar en los ingenuos esfuerzos de encajar a Cataluña en España después de que ha sido precisamente eso lo que nos ha conducido a este cleptocrático Estado de las Autonomías es estúpido. No tiene sentido que destruyamos un poco más España con el fin de dar satisfacción a los independentistas catalanes si de todas formas nunca estarán satisfechos hasta que la vean destruida del todo.

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