Más torpe que don Calogero

Emilio Campmany

Si a Mariano Rajoy se le ofreciera la ocasión de entrevistarse con el príncipe de Salina debajo de una higuera, en el jardín de Donnafugata, saboreando una caponata, una pasta incassata, un vino blanco y unos cannoli de postre, seguro que la aprovecharía para poner en tela de juicio la filosofía política del aristócrata. "Cómo es eso de que todo tiene que cambiar para que todo siga igual –le escupiría al príncipe–. Eso no tiene lógica alguna. Para que todo siga igual, lo que hay que hacer es que todo siga igual. No creo que esto pueda discutirse". Salina le miraría con condescendencia mientras Angelica recogería el plato de la mesita de tijera después de hacerle una dulce caricia para que no se enojara y animarle a que fuera indulgente con este ensoberbecido bárbaro sin luces, más torpe que don Calogero. Es obvio que este gallego no ha entendido nada, concluiría el siciliano.

Pero a Rajoy no se le dará esa ocasión y se ahorrará la severa reprobación de don Fabrizio, que, de todas formas, ya no está para dejar que se le escapen los últimos suspiros de vida enseñando nada a quien no quiere aprender. De forma que no habrá nadie que explique al presidente del PP que, cuando entre sus electores y militantes se esperan cambios porque acaban de sufrir un severísimo correctivo, lo menos que puede hacer es alguno, aunque sea meramente cosmético. Es verdad que lo que necesita el PP no es maquillaje, sino obuses de 155 milímetros, pero al menos podría tener la picardía de simular que cambia algo. No hay nada que hacer. Tiene la sutileza política de un rey vikingo y el arrojo de Darío III en Gaugamela, así que nada se puede esperar.

Sin embargo, lo ocurrido en la tarde de este jueves en Génova añade un nuevo tinte, hasta ahora oculto, al carácter de Rajoy. Convencido de que alguien, por poco importante que sea, tiene que ser relevado para amontonar sobre sus espaldas todo lo malo que desde hace tiempo le viene ocurriendo al PP, ha resuelto el problema de forma novedosa. Ha cogido un revólver, se ha vendado los ojos con un pañuelo negro y ha pedido a sus temblorosos subalternos que le dieran varias vueltas sobre sí mismo, como se hace en la gallinita ciega, hasta quedar completamente desorientado. Cuando se ha parado, ha levantado el brazo y ha descerrajado un tiro en la dirección que le ha parecido. Tras hacerlo, se ha arrancado el vendaje y ha visto tendido sobre la moqueta el cadáver político del pobre Floriano, que ya me dirán ustedes qué culpa tiene el desgraciado de que Rajoy lo único que sepa hacer cuando la economía va mal sea subir los impuestos y no tenga coraje para enfrentarse ni a la ETA ni a los separatistas catalanes.

Si el príncipe de Salina pudiera verlo, pensaría que al menos éste no carece de la facultad de engañarse a sí mismo, ese requisito esencial para quien quiera guiar a los demás.

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