Luto romano por un mafioso

Emilio Campmany

Ha muerto en Roma el capomafia Vittorio Casamonica, considerado el rey de Roma, el mismo apelativo que Ginacarlo De Cataldo, juez y escritor italiano, emplea para referirse al protagonista de su obra, Romanzo Criminale. Cuenta el libro la historia novelada de la banda de la Magliana, que controló el crimen organizado de la capital italiana durante los turbulentos años del asesinato de Aldo Moro. Curiosamente, a Casamonica se le atribuye haber estado relacionado con esa banda que algunos creen que todavía sigue operando, aunque ya no la integren ninguno de sus fundadores.

Sin embargo, lo escandaloso de la noticia no ha sido la muerte del mafioso, sino su funeral. El féretro ha llegado a la iglesia en una carroza de guardarropía muy del estilo de la que nosotros empleamos para enterrar a Enrique Tierno Galván. La muchedumbre se arremolinó en la puerta del templo aplaudiendo a rabiar atestiguando que la costumbre de dar palmas en los funerales se ha generalizado. Una banda de música ha tocado la melodía de El Padrino y el My Way de Frank Sinatra, una canción que Casamonica, gran aficionado al karaoke, interpretaba con frecuencia. Desde un helicóptero, en un vuelo que, naturalmente y como corresponde a la mafia, no estaba autorizado, se han lanzado sobre el cortejo pétalos de rosa. Una foto lo representaba vestido como el Papa Francisco y se le ha despedido augurándole que, después de haber reinado en Roma, reinaría en el Paraíso.

El bochorno ha sido mayúsculo pues se ha desvanecido la idea de que estas cosas sólo pasan en Sicilia. En realidad, en la isla, los carabineros tienen orden de impedir esta clase de apologías del crimen organizado, con lo que va a resultar que en Roma están peor que en Corleone o en Agrigento. Pero, a pesar de lo novedoso del hecho por tratarse de la capital del país, lo cierto es que hay un antecedente en el caso precisamente de un miembro de la banda de la Magliana que logró que se le reservara un sitio en la romana basilica de San Apolinar para cuando falleciera. Como fuera que, cuando fue asesinado, la Iglesia puso algún reparo, intercedió Giulio Andreotti para que finalmente el cuerpo de Enrico de Pedis descansara allí eternamente. Hoy no extrañan estas conexiones entre el poder político y la mafia porque da la casualidad de que estos días se investiga el escándalo que los periódicos han bautizado como "Mafia capital" que revela importantes conexiones entre los políticos locales y el crimen organizado, no en Nápoles, sino en Roma.

El Padrino y en general toda la filmografía mafiosa tienen muchas cosas buenas, pero también una mala y es el ennoblecimiento del crimen organizado atribuyendo a sus capos virtudes, como la del honor, mantener las promesas, defender a la familia y este tipo de cosas, de las que en realidad carecen, como es lógico que suceda con personas que extorsionan, trafican con droga, secuestran, torturan y asesinan sin ningún escrúpulo. Sus conexiones con el poder político y económico no hacen más que poner de relieve su terrible peligrosidad. Menos mal que en Italia son cada vez más quienes se avergüenzan de que haya gente que acuda a los funerales de los mafiosos a aplaudir.

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