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Los veinte de la infamia

Emilio Campmany

Con esto de la independencia de la justicia (así, con minúscula, que en España ya no merece otra cosa), los votantes del PP hemos sido engañados dos veces. Lo fuimos por Aznar y luego por Rajoy, que se comprometieron a reformarla. Ninguno de los dos ha cumplido. Hoy, ya bien entrado el siglo XXI, es palmario, paladino, obvio y claro que el Consejo General del Poder Judicial es el instrumento que los políticos emplean para controlar la Justicia. Tanto es así que ni Rajoy ni Rubalcaba se esconden cuando pactan quién ha de componer el órgano de gobierno de los jueces. No sólo, sino que Rubalcaba recurre a Antonio Camacho para que le represente en la negociación a pesar de estar cubierto de sospechas de haber sido el inductor del chivatazo a ETA en el caso Faisán. Porque ya ni vergüenza hay. Qué más da si todos sabemos cómo se magrea y manosea la justicia. Todo es un hediondo pasteleo que ya se hace a plena luz del día, con alevosía.

Tanto es así que, antes de que los nuevos vocales hayan votado, ya sabemos quién va a ser quien los presida, pues eso lo decide Rajoy con el visto bueno de Rubalcaba. Y quién mejor para poner al frente del Consejo y del Supremo que alguien que haya demostrado sobrado servilismo, al haber defendido como ponente la corrección del indulto al kamikaze de Valencia, monumento a la arbitrariedad si no existiera aquel con el que Zapatero obsequió a Alfredo Sáenz. Por eso va Gallardón y lo premia con la presidencia del más alto tribunal, sin cortarse, con un par, a culo pajarero. Si, total, están convencidos de que sus votantes van a seguir acudiendo a respaldarles con tal de que no vengan los otros, que son iguales, pero peores, a qué ocultarse. También tendría delito que en el grupito de los veinte vaya Grande-Marlaska, el expeditivo excarcelador de etarras, que los saca de la cárcel en menos tiempo del que emplea un ugetista andaluz en apropiarse de una subvención de la Junta.

Esto no se hace tan a las claras solo por falta de decoro. Se hace así para que todos los jueces vean, sin dar ocasión al equívoco, cómo se gana uno los altos puestos en la judicatura. No basta con ser amable y solícito con los políticos, hay que arrastrase, plegarse, someterse, sin reservas ni condiciones. Sólo la sumisión total será gratificada. Estar hoy en esa lista de veinte constituye una infamia, una ignominia, un baldón, pues algún favor se habrá hecho o se estará dispuesto a hacer para estar en ella. Por eso, tan sólo queda homenajear a los anónimos jueces, magistrados y juristas que, ciñéndose al Derecho en su trabajo diario, renuncian conscientemente a todo progreso en su carrera con tal de conservar en lo posible su independencia. Va por ustedes, con mi cariño y mi admiración. Y a los veinte que hoy se han prestado a la farsa, que les… Bueno, ya saben lo que pienso de ellos.

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