Crisis política

Letal calma chicha

Emilio Campmany

Hay ocasiones en que el tempo histórico de las naciones se acelera hasta el vértigo. Ocurrió en varias ocasiones durante la Transición, cuando el asesinato de Carrero Blanco, la muerte de Franco, la legalización del Partido Comunista, el 23-F. Ocurrió nuevamente durante la legislatura 1993-1996. Fueron meses en los que apenas hubo tiempo de poder estar informado de todo lo que ocurría. Daba la impresión de que algo parecido sucedería en la segunda mitad de esta legislatura que padecemos, a partir de mayo de 2010, cuando la crisis nos mordió los talones y Zapatero tuvo que empezar a hacer cosas que no quería hacer. El tempo se aceleró y empezaron a pasar cosas, la defenestración de María Teresa Fernández de la Vega y el ascenso de Rubalcaba, el decreto del estado de alarma, el harakiri de Carme Chacón, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la legalidad de Bildu, la aparición de los indignados... Todo ello rodeado de intensos rumores de anticipo de elecciones o dimisión del presidente del Gobierno. Y, de repente, pasan las elecciones municipales y llega la calma chicha. Ya no pasa nada, o casi nada. Y, sin embargo, la crisis política, lejos de resolverse, no ha hecho más que agravarse. El caso es que estamos empezando la semana del debate del estado de la nación y apenas sopla una dulce brisilla.

La encalmada, ¿es real o sólo aparente? Es posible que, a pesar de la ausencia de olas, en la profundidad, se estén combatiendo cruentas batallas políticas. O a lo mejor sucede que cada cual ha guardado sus armas hasta que pase el verano. O cabe que el calor haya sosegado las ansias de enredar. El caso es que, desde que fueron las municipales y autonómicas es como si el tempo se hubiera frenado en seco a la espera de que sean las generales. Nada se espera del debate de esta semana, entre otras cosas, porque carece completamente de interés lo que diga Zapatero. Tampoco se vislumbra que Rubalcaba permita que el Consejo de Ministros apruebe ninguna reforma que pudiera perjudicar su condición de candidato. De modo que, de aquí a las elecciones, apenas habrá reformas. Tampoco se barrunta que Rajoy vaya a soltar prenda de las medidas que a hierro y fuego tendrá que tomar si finalmente acaba yéndose a vivir a La Moncloa. Y el movimiento 15-M va perdiendo fuelle conforme se hace obvio que representa a la más rancia extrema izquierda.

Por eso, apenas hay con qué entretenerse que no sea especular sobre quiénes van a ser los ministros del primer Gobierno de Rajoy. De lo que he oído, lo único que no me gusta es la unión de Justicia e Interior en una misma cartera. Pero, con la que está cayendo, sería lo de menos. A ver si pasa pronto la agonía y nos ponemos a hacer lo que hace mucho tiempo deberíamos haber empezado a hacer.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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