Las oportunidades que perderemos

Emilio Campmany

La salida del Reino Unido de la Unión Europea es sin duda una mala noticia para España. Sin embargo, como ocurre con todas las crisis, ofrece algunas oportunidades que previsiblemente no sabremos aprovechar, pero que ahí están.

La primera es la de adoptar frente a los abusos y humillaciones de Gibraltar una actitud digna, que pasa necesariamente por el cierre de la Verja y el corte de toda comunicación terrestre. Especialmente hay que cortar las líneas telefónicas a través de las cuales las compañías inglesas de apuestas se comunican con la Unión Europea y se benefician de los clientes que aquí tienen sin pagar los impuestos europeos. Ya ha dicho Margallo que insistirán en la tontería esa de la cosoberanía, que tan sólo sirve para que los gibraltareños disfruten en el futuro de más privilegios de los que hoy tienen.

La segunda es la de incrementar nuestro peso en una Unión Europea, que perderá a su socio más liberal y a uno de los de más peso económico. Frente a países tan estatalistas como Francia y Alemania, España podría ser ese socio liberal preocupado por imponer la libertad de mercado tanto como sea posible en beneficio de todos. Naturalmente, esta oportunidad también la perderemos, porque cada vez somos más estatalistas, y la prueba la tendremos en los pobres resultados que, salvo sorpresa, obtendrá el domingo que viene el único partido que tiñe con un poco de liberalismo su programa: Ciudadanos.

La salida del Reino Unido nos presenta también la oportunidad de convertirnos en el socio preferencial de los Estados Unidos en Europa, habida cuenta de que sus relaciones con Francia nunca son fáciles, Alemania padece un pacifismo estructural por la necesidad de renegar de su pasado militarista e Italia es un país en el que normalmente no hay Gobierno. Sin embargo, esta oportunidad también la perderemos, debido al antiamericanismo ancestral que desde la Guerra de Cuba padece España y que afecta no sólo a la izquierda, sino a buena parte de la derecha.

Por último, la salida de Reino Unido significa que desaparecerán buena parte de los obstáculos que hoy hay para profundizar en la unión política. España, que siempre ha sido muy europeísta, podría encabezar a un grupo de países que exigiera a Francia y a Alemania el final de su condominio burocrático, de manera que lo que pesara fuera la decisión conjunta de los ciudadanos y no la negociación multilateral de los países miembros. Sin embargo, el euroescepticismo que campea entre los votantes de Podemos y la ancestral desgana con la que se afrontamos aquí los temas de la Unión Europea apuntan a que no haremos nada, ni en éste ni en ningún sentido.

Ya se sabe que España no pierde nunca la oportunidad de perder una oportunidad, y en este caso lo previsible es que ocurra lo mismo con las muchas que el Brexit nos ofrecerá, y que podrían compensar las graves consecuencias que sin duda tendrá para nosotros.

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