Financiación autonómica

Las balanzas de la vergüenza

Emilio Campmany

El debate surgido en torno a los datos conocidos el miércoles tras la publicación de las balanzas fiscales demuestra que somos un país enfermo. Partimos de la base de que a los nacionalistas catalanes les irrita muchísimo que con su dinero se financien escuelas en Galicia, carreteras en Extremadura y hospitales en Andalucía. Y es mentira. Lo que les fastidia no es eso. Lo que no soportan es ser españoles y punto. La prueba está en que los nacionalistas vascos no financian nada de eso, porque se quedan con todos los impuestos que se recaudan en su región y apenas pagan una pequeña parte de lo que les corresponde, y están tan cabreados como los independentistas catalanes. A veces, más.

Y, sin embargo, los que no somos nacionalistas y vivimos en regiones ricas nos estamos dejando embaucar por los políticos de nuestras comunidades y asumimos como propias sus quejas de estar recibiendo menos de lo que aportamos. El madrileño que piense que da a Andalucía o a Extremadura más de lo que recibe está equivocado. O es que los madrileños no disfrutamos y mucho de pertenecer a una nación que incluye a Andalucía y Extremadura, o es que pretendemos que los colegios, los hospitales o carreteras sean allí, por ser más pobres, necesariamente peores. Y qué sería de España y de Madrid si en perjuicio de la competencia sólo los habitantes de las regiones ricas pudieran tener una educación de calidad. ¿De verdad queremos que la autovía hacia el Sur se convierta en un camino de cabras recién pasado Aranjuez?

Es obvio que el sistema de financiación de las comunidades autónomas puede mejorarse, pero no con el objetivo de que las más ricas reciban más para ver si así callamos la boca a los nacionalistas catalanes, que de todas formas no se la vamos a callar. El objetivo tiene que ser que los colegios, los hospitales y los demás servicios públicos sean de una calidad similar en toda España. Y cada comunidad autónoma ha de recibir el dinero suficiente para que así sea según sus circunstancias. Pero si alguna no cumple con su obligación, la Administración central debería poder hacerse cargo de esos servicios hasta que tengan una calidad cercana a la media. En definitiva, el problema no es qué parte del dinero de mis impuestos sirve para pagar servicios a otros españoles que no son madrileños. El problema es qué hacen los políticos regionales con ese dinero.

Es una vergüenza que muchos de nosotros, que no somos nacionalistas, nos revolvamos porque pagamos lo suficiente como para que nos planten magnolios en el parque de la esquina y en vez de eso el alcalde dedica una parte de lo que nos saca a reparar el semáforo de unas manzanas más allá, donde vive gente más pobre que paga menos impuestos. Si sucumbimos a eso es que no merecemos ser una nación y, en consecuencia, dejaremos más pronto que tarde de serlo.

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