Don Felipe

La soledad del príncipe

Emilio Campmany

El teatro clásico está lleno de príncipes enfrentados al dilema de tener que tomar graves decisiones. Y, en tales momentos, no es que les falten consejos, sino que los muchos que les susurran al oído son groseramente interesados. Tanto, que al final concluyen que no pueden fiarse de nadie y tienen que resolver en la más absoluta de las soledades. En esta tesitura se halla don Felipe. Su padre está más preocupado por salvar los pocos años que le quedan a su reinado que por garantizar que su hijo llegue a tener el suyo. Su madre quiere por encima de todo salvar a su atribulada hija. Y ambos parecen haber olvidado dos cosas, España y la institución monárquica.

Don Juan Carlos lleva muchos años dorándole la píldora a la izquierda convencido de que la derecha nunca dejará de ser monárquica. Con eso, lo único que ha conseguido es que, sin que la izquierda haya dejado de serlo, parte de la derecha se haya hecho también republicana. Es cierto que las repúblicas con las que sueñan esa derecha y esa izquierda son completamente distintas. Los conservadores convertidos al republicanismo ansían un régimen presidencialista centralizado que liquide este Estado de las Autonomías que nos conduce al desastre y del que el Rey parece en parte responsable. La izquierda en cambio pretende una confederación sobre bases ideológicas radicales a medio camino entre la Cuba de Castro y el Chile de Allende que, sobre todo, sea heredera de la idealizada Segunda República.

Queda, desde luego, una derecha monárquica que sigue, cada vez con menos fe, creyendo que la institución puede ser la garantía de una España unida y libre. Y hay todavía una izquierda moderada que está dispuesta a respaldar a la Monarquía si le ofrece una España también unida que disponga de la máxima protección social que podamos permitirnos. En el seno de ambas corrientes están los españoles con los que todavía hoy puede contar el príncipe. Cada vez son menos, pero todavía constituyen un número considerable y están dispuestos a empujar en la dirección que se les diga si es para lograr esa España unida, libre y solidaria con la que la mayoría podría sentirse identificada.

Pero, para contar con ellos, el príncipe ha de desengancharse, con todo el dolor que ello pueda suponer, de su familia. Allá el Rey con sus corinnas y sus lukoils. Allá la Reina con las tribulaciones de su hija y sus humillaciones, allá la pléyade de solícitos funcionarios y políticos que le dicen a uno y a otra lo que quieren escuchar. Está solo, con su mujer y sus hijas. Y ha de empezar a obrar conforme a lo que solo a España y a la institución convenga, por el bien de la patria y de la Monarquía. No tengo respuesta al problema de cómo hacerlo concretamente, pero tendrá que encontrar el modo si no quiere verse arrastrado por la riada que amenaza con llevarse a toda la familia, a la institución y al país por delante.

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