Urdangarín

La soledad del sablista

Emilio Campmany

España suele ser benévola con los jetas, los truhanes y los espabilados. Hay siempre en el fondo un poso de admiración, de envidia hacia quien sabe vivir del cuento a base de labia, percha y desparpajo. Los hay de todo pelaje. Desde el personajillo a quien las televisiones cubren el riñón a cambio de contar intimidades inventadas hasta el timador que atrae el dinero de buenos feligreses bajo promesa de pingües intereses que abona con el capital de los primos que se incorporan después a la pirámide. Desde quien paga las actas que le levanta Hacienda con cuadros falsos que luego cuelgan en el Reina Sofía hasta los que inventan abrumadores currículos para acceder a puestos que jamás soñaron que ostentarían. Desde las que se quedan con la hucha de empresarios catetos que vieron como muy natural que la maciza se enamorara perdidamente de su peluda y respingona panza cervecera hasta los que han llevado al altar a las más ricas y aristocráticas señoras ocultando tras una carantoña el asco y el desdén que por ellas sentían. 

Urdangarin, al margen de otras habilidades, pertenece a la especie de los sablistas. Consisten las mañas de estos vivos en saber convencer a quien tiene o administra dinero de lo mucho que le conviene darle un pellizco. A muchos puede parecerles un oficio sencillo para quien está casado con una infanta, pero no lo es tanto. Hay que tener donaire, fingir franqueza, hacer creer a quien paga que está comprando sincera amistad y convencerle de lo mucho que ésta vale. Pero, sobre todo y en este caso, hace falta dar a entender, sin decirlo, con sutiles insinuaciones, que el sablazo tiene todas las bendiciones y que su pago rendirá el agradecimiento discreto, pero real, de quien a cuya sombra se vive.

¿Qué les pasó a Matas o a Camps cuando se dejaron sablear? Desde luego, pensaron que el duque era un tío simpático, de buenas maneras y a quien no estaba de más agradar. Pero no sólo, también se convencieron de que, si algún día las cosas se les torcían, nunca sobraría haber hecho un favor a familia tan ilustre como la del duque. En el fondo, si lo piensan, no hay mucha diferencia entre meterle 400.000 euros en el bolsillo a don Iñaki por un informe cortapegado de internet y pagarle un sueldazo por un puesto en el que no hay que hacer casi nada. Bueno, sí hay una diferencia, que lo primero lo pidió Urdangarin con su cara y lo otro lo pidió su suegro personalmente. En eso, las multinacionales han demostrado ser más listas que los políticos al dar lo que se les pide sólo cuando están seguras de que están haciendo el favor a quien conviene hacerlo. Ahora se sabe que el duque sableaba por su cuenta sin la aprobación de nadie y que los sableados pueden, a pesar de su generosidad, ser perseguidos judicialmente. Y el sablista se ha quedado solo.

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