La satisfacción del liberticida

Emilio Campmany

Uno de los flecos de la propaganda del Gobierno consiste en enorgullecerse de lo duras que han sido aquí las medidas de confinamiento. Mienten cuando dicen que en el exterior todo el mundo las alaba. Encima, la ministra portavoz se ha jactado al final de la rueda de prensa del Consejo de Ministros: "Las medidas de confinamiento han sido de las más duras de Europa, pero estamos satisfechos de ello". ¿Qué es lo que tanta satisfacción les produce? ¿Que se haya tardado tanto en tomarlas hasta tener que ser de las más duras de Europa o el haber con ellas cercenado más libertades que nadie, siguiendo el ejemplar modelo chino?

Porque, aparte el confinamiento, hay otras cosas y ninguna se ha hecho. Una de ellas es la de practicar tests masivos. Pero eso exige gestión y, como lo único que saben hacer es prohibir, seguimos sin tener tests. Lo cual no obsta para que al parecer estén muy satisfechos, puesto que reconocen sin sonrojarse que estuvimos exportando tests hasta el 15 de marzo, ¡el 15 de marzo! La ministra no sólo no lo ha desmentido, sino que lo ha justificado, con su habitual desparpajo, diciendo que las decisiones se toman con la información que hay en ese momento. ¿Hasta el 15 de marzo no se les planteó la posibilidad de que esos tests que se estaban exportando podrían hacer falta aquí?

Pero hay más, mucho más. No sólo es que desde esa fecha no han sido capaces de hacerse con tests suficientes para poder diagnosticar, no ya a los asintomáticos, sino a todos los sospechosos, sino que los que adquirieron no valen. Y si ocultan el nombre de quien les engañó por dos veces es porque no se trata propiamente de un engaño, sino que se compraron no en función de las garantías que ofrecían, sino en consideración al nombre de quien los proporcionaba. Por eso no denuncian al intermediario, porque cuando se supiera quién es sería palmario por qué se compraron a través de él y no por cualquier otro cauce más seguro.

En resumen, este Gobierno retrasó la adopción de medidas como casi todos los Gobiernos occidentales; pero, en su caso, no para proteger la economía, sino para poder celebrar la operación de propaganda que supusieron las manifestaciones del 8-M. Una vez que se decidió a actuar, lo único que ha sabido hacer es privarnos de nuestras libertades, la de circular, la de trabajar, la de reunirnos. Lo demás que podría haber hecho que no consistiera en prohibir, sencillamente no ha querido o no ha sabido hacerlo. Y cuando lo ha intentado, lo ha hecho pretendiendo de paso enriquecer a algún amigo. El caso es que España combate la pandemia sin mascarillas, guantes, equipos de protección individual (EPI), respiradores y, sobre todo, tests. Lo único que nos da el Gobierno para luchar son nuestros propios sacrificios. Y encima se recochinean de nosotros diciéndonos que eso les tiene muy satisfechos.

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