La pasta es la estrategia

Emilio Campmany

Es curioso que los congresos a la búlgara, da igual quién los convoque, se organizan siempre en Valencia. El último del PSOE allí ha sido un encalmado océano de unanimidad donde nadie ha dicho ni pío para oponerse a alguna de las muchas tonterías que se han propuesto. Luego se ha visto que es todo mucho peor de lo que parecía.

Se hizo evidente pasado este fin de semana que el giro que Sánchez dio en julio no era de ideas ni de personas. Cuando el presidente puso al frente de su gabinete a Óscar López, interpretamos estúpidamente que fue un guiño al partido, considerando su cualidad de viejo militante del PSOE. Y no caímos en que, si lo que quería el secretario general era congraciarse con su organización, siempre podría haber encontrado entre tanto militante a alguien un poquito más inteligente. No nos dimos cuenta de que la virtud esencial que adornaba a don Óscar, que no podía tener que ver con su escasez de mollera, tampoco la tenía con su militancia. Lo crucial del sujeto era su proximidad a Pepiño Blanco, desde siempre acompañado de una corte de acólitos protegidos a la que un día perteneció el propio Sánchez. El nombramiento de Antonio Hernando, tan unido como los otros dos al visitador de gasolineras, revela hacia dónde va el volantazo. En efecto, no se trata de ideas ni de hombres, sino de dinero. Los millones que iba a repartir el kiosco de Iván Redondo los va a distribuir finalmente el chiringuito de Pepiño Blanco. Ahora se comprende la histérica algarabía de Zapatero, que ya se ve intermediando a todo intermediar. Como también se entiende que Felipe González renunciara al disfraz de momia de la socialdemocracia que vestía desde hace mucho y que le permitía hacer de Pepito Grillo del socialismo español, para mostrarse en Valencia tal cual siempre ha sido, como lo vimos en tiempos del GAL.

Encima, la empresa pepiña, llamada Acento, está presidida por un popular, Alfonso Alonso, y en ella ha encontrado acomodo un hijo de Esteban González Pons, con el que Pepiño coincidió en el Parlamento Europeo. ¿Quiere esto decir que Génova podrá repartir algunas migajas? Claro que sí. ¿Explica esto la avenencia del PP a pactar las renovaciones que antes no se querían acordar? Chi lo sa.

Van a ser tantos los que cobren que hasta parece que el insobornable gudari, el corajudo Arnaldo Otegui, se ha puesto a la cola de los aspirantes a mamandurria y ha echado unas lágrimas de cocodrilo por las víctimas de la organización que dirigió y aún dirige y que sólo Dios sabe lo que nos costarán.

Todo empezó ese 4 de mayo en que Sánchez descubrió, quizá gracias a una revelación del espíritu de Rubalcaba, el engaño de Iván Redondo, que lo tenía convencido de que las elecciones se ganan con las estrategias que él diseña a cambio de ingentes cantidades de pasta que él sabe cómo distribuir. Ese día, el doncel socialista comprendió que no hace falta pasta para comprar estrategia, sino que, parafraseando a McLuhan, "la pasta es la estrategia".

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