La mutua Rajoy-Sánchez

Emilio Campmany

Se odian. Se toman el café de espaldas. Se niegan mutuamente el saludo. Se miran de soslayo, aviesamente. Y, sin embargo, son el uno el báculo del otro. Rajoy quiere seguir siendo presidente del Gobierno. Y Sánchez, secretario general del PSOE. Y para que uno siga siendo lo que es viene bien que el otro continúe ocupando el cargo que ocupa. Por eso nunca Sánchez reclama al PP un candidato que haga más potable la abstención del PSOE y Rajoy jamás exige al PSOE un líder más inclinado a abstenerse. Esto es así porque, en el momento en que el PP estuviera dispuesto a ofrecer al rey para la investidura un candidato presentable, en el PSOE podrían acabar con Sánchez una vez lo hubieran sacrificado en el altar de la abstención. Y porque cualquiera que sucediera a Sánchez al frente de la secretaría general podría ofrecer la abstención a cambio de un candidato del PP que fuera mínimamente aceptable.

Lo que estos dos pájaros quieren, tras calcular con su gramática parda cuál es la mejor forma de seguir siendo lo que son, es que haya tantas elecciones como sean necesarias hasta que el PP de Rajoy pueda gobernar con la ayuda de Ciudadanos. Cuando tal cosa suceda, los dos habrán alcanzado su objetivo y Rajoy seguirá siendo presidente del Gobierno y Sánchez, secretario general del PSOE y única alternativa real al Gobierno del PP. Lo más que podría pasar es que, en una de éstas, PSOE y Podemos tuvieran suficientes escaños para formar Gobierno. Para Rajoy, el riesgo es asumible. Para empezar, es esencial que la alternativa exista para que sus asqueados votantes le sigan apoyando. Y, en última instancia, a Rajoy qué más le da quién le suceda. Mientras la única alternativa sea el actual secretario general del PSOE, más fácil le será a él sostenerse.

Fíjense si no en cómo Sánchez siempre le niega la abstención al PP, no a Rajoy. Porque en cuanto se abstuviera en la investidura de cualquier candidato de la derecha, sus barones le organizarían unos idus de marzo y acabarían inmediatamente con él. Fíjense si no cómo Rajoy no pide que alguien en el PSOE que comprenda la necesidad de abstenerse tome las riendas del desnortado partido. Porque en cuanto viniera cualquier otro lo que exigiría a cambio de la abstención sería un candidato que no fuera íntimo de Bárcenas. Y fíjense si no en lo ocurrido en el mismo momento en que las campanas de Sevilla llamaron a rebato y el verdugo extremeño acudió presto a segar la cabeza del líder socialista. Ocurrió que la Fiscalía, dependiente del Gobierno, puso el ventilador, filtró las penas que iba a pedir para Griñán y Chaves por el caso de los ERE y obligó a Susana Díaz a mantenerse ocupada devolviendo a las alcantarillas la mucha porquería que había rebosado de ellas. La operación montada contra Sánchez quedó cortocircuitada en el acto gracias a la intervención a lo séptimo de caballería del Gobierno. Y, mientras tenemos elecciones cada seis meses, ahí siguen, Rajoy en la presidencia del Gobierno y Sánchez, en la secretaría general del PSOE. ¿Y España? A España, que le den.

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