La guerra de Trump

Emilio Campmany

La primera promesa que ha cumplido Trump es la de sacar a su país de la Asociación Transpacífica (TPP, según el acrónimo en inglés), donde lo había metido Obama. El hecho en sí no es lo más importante. El acuerdo, que pretendía establecer un mercado único entre países ribereños del Océano Pacífico, había sido criticado por Hillary Clinton, no digamos por Bernie Sanders, de forma que tenía pocas probabilidades de sobrevivir. Además, no había entrado en vigor y estaba pendiente de ratificación en todos los países firmantes. Lo importante es lo que anuncia el gesto, una guerra de aranceles.

Trump cree que poniendo obstáculos en las fronteras a los bienes importados de otros países conseguirá que se vuelva a fabricar allí lo que ahora se importa y que eso devolverá a la economía norteamericana algunos puestos de trabajo que se creían perdidos para siempre. Desde hace tiempo se sabe que esta forma de pensar mercantilista está equivocada. Nada garantiza que los norteamericanos vayan a comprar a los fabricantes norteamericanos lo que antes compraban a los extranjeros, entre otras cosas porque esos productos serán inevitablemente más caros debido a que los que los fabriquen recibirán por hacerlos salarios mucho más elevados que los que hoy cobran los trabajadores de China, Corea o México.

Por otra parte, la retirada de los Estados Unidos del TPP ofrece a China la oportunidad de asumir el liderazgo, siquiera económico, en el Pacífico. Australia y Nueva Zelanda ya han dado a conocer su disposición a invitar a China a integrarse en el acuerdo. No está claro que Beijing acepte porque el libre comercio que defiende Xi Jinping es el que deja a su país exportar, pero no el que permite el libre acceso a su mercado de los productos de otro.

La cuestión es que Trump ha disparado el primer tiro de la guerra de aranceles que se avecina en un mundo al revés, donde Estados Unidos, campeón de la libertad de comercio, es el que la declara, poniendo precisamente fin a un tratado de libre comercio. Sigmar Gabriel, el socialista alemán, vicecanciller y ministro de Economía, puede alegrarse cuanto quiera de las oportunidades que a Alemania se le ofrecerán en el Pacífico ahora que Estados Unidos se retira del TPP, pero la guerra que está empezando perjudicará más a quien más dependa de las exportaciones. Y no hay nadie que dependa más de las exportaciones que Alemania. En cualquier caso, todos, incluidos los Estados Unidos, seremos más pobres.

Lo único divertido de todo este espectáculo es ver cómo la derecha moderada le roba el programa a la socialdemocracia y la deja sin ideas que defender, a la vez que la extrema derecha hace lo mismo con el de los comunistas. Al final, pasa lo que pasa, y la izquierda se ve obligada, para hacerse visible, a recurrir a lo que mejor sabe hacer, ocupar la calle, romper escaparates y liarse a pedradas con la Policía. Veremos en qué acaba todo.

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