La futura política exterior de Trump

Emilio Campmany

Es un lugar común creer que Obama abandonó los métodos ilegales o ilegítimos que empleó Bush. Es verdad que prohibió la tortura en los interrogatorios, pero en todo lo demás no cambió nada. Guantánamo sigue activo y se siguen practicando los asesinatos selectivos con drones y no se ha interrumpido la supervisión electrónica de comunicaciones sin autorización judicial. Obama lo ha seguido haciendo para evitar que haya atentados terroristas en EEUU, que es lo que sus compatriotas no le habrían perdonado. Claro que, como es Obama quien lo hace, la izquierda mantiene un culpable silencio.

Por lo demás, lo que ha hecho Obama es hacernos creer que, con métodos pacíficos, ha sido capaz de lograr resultados imposibles de alcanzar con métodos violentos. Así, ha firmado acuerdos con Cuba y con Irán fingiendo que en la isla ha empezado a abrirse camino la democracia y en Persia se ha abandonado el programa nuclear. Menos mal que el cinismo no ha llegado al punto de aparentar que Rusia se ha retirado de Ucrania.

Todos sabemos que Trump va a darle a todo esto la vuelta. La izquierda nos dice que deberíamos estar muy preocupados ante la perspectiva de un nuevo presidente que va a cambiar los métodos dialogantes de Obama por otros mucho más violentos. Deberíamos no obstante tener presente que Cuba sigue siendo tan comunista como en tiempos de Breznev y que Irán no ha abandonado su programa nuclear, tan sólo lo ha pospuesto.

Aparte los hipócritas prejuicios de la izquierda, lo más inquietante de la futura política exterior de Trump es su disposición a entenderse con Putin. Parece que el presidente electo quiere a Rusia como aliado en la guerra contra el terrorismo islámico. Sin duda, una alianza con Putin tendría muchas ventajas prácticas. El Kremlin ayudaría a contener el expansionismo iraní y chino, a mantener la paz en Oriente Medio y a controlar el aumento de los precios de los hidrocarburos en caso de crisis en el Golfo Pérsico.

El inconveniente es la contrapartida que habría que pagar. No sólo habría que levantar las sanciones económicas impuestas a Rusia, que es algo que los países occidentales europeos están deseando hacer, especialmente Alemania. Tampoco bastaría permitir que Bashar al Asad volviera a gobernar Siria, que es cosa que, aunque avergonzados, podríamos soportar. El problema es que Putin reclamará mano libre para dominar a los países de la antigua esfera soviética, incluidos los europeos, y quién sabe si no pedirá que se le permita ir un poco más allá. Y no es descartable que Trump esté dispuesto a ceder también en esto, habida cuenta de lo caro que le sale a Estados Unidos protegernos, lo poco que le damos a cambio y lo desagradecidos que por lo general somos. Deberíamos despertar de nuestro letargo y empezar a ocuparnos seriamente de nuestra defensa porque Estados Unidos, especialmente ahora que está Trump, cada vez tiene menos alicientes para seguir amparándonos.

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