La Primera Guerra Mundial

La crisis de julio de 1914

Emilio Campmany

El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo el 28 de junio de 1914 inició una crisis internacional que desembocó el 4 de agosto en el estallido de la Primera Guerra Mundial. John Keegan escribió:

Fue un conflicto innecesario porque la cadena de acontecimientos que condujo a él podía haberse roto en cualquier momento durante las cinco semanas de crisis que precedieron al primer choque armado si la prudencia y la buena voluntad compartida hubieran encontrado una voz.

¿Qué es lo que pasó?

La primera reacción fue lógicamente la de Viena. Allí, el primer impulso fue el de responder al crimen invadiendo Serbia, obvio responsable del asesinato. Luego se pensó que era muy probable que Rusia acudiera en socorro de sus hermanos eslavos y que por tanto lo más prudente era no hacer nada hasta ver si se podía contar con el respaldo de Alemania. Se decidió enviar a un diplomático, el conde Hoyos, en misión a la capital alemana para recabar ese respaldo. Allí, el káiser Guillermo estuvo de acuerdo en que la respuesta austriaca no podía ser más que de firmeza y que Francisco José podía contar con el poderoso ejército alemán para el caso de que el zar se atreviera a prestar ayuda a los serbios.

Obtenido de Berlín lo que se ha llamado el cheque en blanco, en Viena el conde Berchtold, ministro conjunto de Exteriores de los dos reinos, decidió que lo mejor era exigir del Gobierno serbio unas condiciones tan exigentes que no pudieran ser satisfechas y, fingiéndose obligado por ese incumplimiento, declarar la guerra al pequeño reino balcánico. La entrega del documento se retrasó por diversos motivos. Finalmente, la tarde del 23 de julio el embajador austriaco en Belgrado entregó la nota con el ultimátum.

La respuesta serbia fue de aceptación de casi todo lo que se le exigía, pero, no siendo total y absolutamente incondicional, Viena declaró la guerra y ordenó la movilización sólo de los distritos militares del sur para que Rusia no pudiera declararse amenazada. Fue inútil porque, una vez que se supo del ultimátum en San Petersburgo, Sazonov, ministro de Exteriores del zar, ordenó que se adoptaran los primeros preparativos, limitados en principio a los distritos militares fronterizos con Austria para no provocar a los alemanes.

Cuando el texto austriaco circuló por las capitales de las potencias europeas, un escalofrío sacudió los espinazos de sus responsables políticos. Gran Bretaña era la única gran potencia que no tenía nada que ganar en el conflicto que se avecinaba, y le interesaba más que a ninguna otra mantener el statu quo. Por eso su secretario de Exteriores, Grey, protagonizó las primeras iniciativas encaminadas a evitar que la guerra finalmente estallara. Su primera idea fue la de proponer una conferencia à quattre en Londres. En ella los representantes de las cuatro potencias sin intereses directos en el pleito austro-serbio, es decir, Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña, tratarían de encontrar una fórmula para que Serbia diera a Austria las más amplias satisfacciones sin la oposición de Rusia. Sin embargo, Alemania se negó a imponer esta solución a su aliado alegando que correspondía exclusivamente a Austria fijar en qué modo debía ser resarcida por Serbia.

El káiser Guillermo, por su parte, volvió apresuradamente de su crucero estival, que había emprendido al día siguiente de dar el cheque en blanco a Francisco José. Con el fin de evitar la generalización del conflicto, propuso que los ejércitos austriacos se limitaran a ocupar Belgrado y que la conservaran en prenda hasta que Serbia diera un satisfactorio cumplimiento a las condiciones fijadas en el ultimátum. Fue lo que se llamó iniciativa de Alto en Belgrado. Austria hizo oídos sordos a la propuesta debido a que creyó, quizá con razón, que lo único que pretendía el emperador alemán era evitar ser acusado de provocar el conflicto y que en realidad lo que quería era que Austria llegara hasta el final. En cualquier caso, San Petersburgo rechazó la oferta alegando que llegaba demasiado tarde.

Mientras el zar y el káiser se intercambiaban telegramas esforzándose por alcanzar una solución, el 30 de julio el soberano ruso firmó la orden de movilización general. Cuando se supo en Berlín, la cúpula militar presionó cuanto pudo para que el káiser hiciera lo propio. Era natural que fuera así porque el Plan Schlieffen, que preveía derrotar primero a los franceses en seis semanas y luego dirigirse al Este a combatir a los rusos, exigía ser ejecutado con la máxima rapidez. Era indispensable que los franceses estuvieran vencidos antes de que el zar hubiera completado la movilización de su ejército. Consiguieron que el emperador firmara dos días después de la movilización rusa, el 1 de agosto.

No obstante, apenas decretada por Guillermo II la orden de movilizar, desde Londres Sir Edward Grey intentó que al menos la guerra se limitara al frente oriental. Le propuso al káiser garantizar la neutralidad inglesa y francesa a cambio de que los alemanes no atacaran a Francia. La idea entusiasmó a Guillermo, pero enseguida su jefe de Estado Mayor le desengañó y le explicó que el plan alemán, el único del que disponían, era atacar primero a Francia y luego dirigirse contra Rusia. Desplegar en el frente occidental, trasladar luego todo el ejército al oriental y dejar a una Francia armada e intacta al otro lado del Rin, por mucha garantía británica que mediara, constituía un riesgo inasumible. Luego, la propuesta quedó en nada porque los ingleses se desdijeron, quizá porque desde Paris les explicaron que Francia estaba comprometida con Rusia. El 4 de agosto las tropas alemanas entraron en Bélgica.

¿Hubo mala fe en el empeño de Austria en no quedar impasible ante el asesinato de su heredero y en empeñarse en que el crimen fuera castigado con la máxima severidad? ¿La hubo en Alemania al respaldar a su aliado en este asunto? ¿Fue en realidad Rusia la que obró de mala fe cuando para ganar tiempo ordenó, primero, la movilización parcial contra Austria, y luego la general? ¿La tuvo Francia por no contener al zar diciéndole, por ejemplo, que no respaldaría su aventura de defender a Serbia? ¿No podía Gran Bretaña haber evitado el conflicto desanimando a Alemania si desde el principio hubiera expresado con claridad su deseo de defender a Francia?

Austria tenía que responder de algún modo al atentado cuando se supo que estaban implicados en él militares y funcionarios serbios. Alemania tuvo que respaldar al único aliado que le quedaba si quería que éste conservara su estatuto de gran potencia. Rusia habría perdido toda su capacidad de influencia en los Balcanes de haber permitido que Austria barriera a Serbia. Francia tenía que respaldar a su único aliado si no quería quedar aislada diplomáticamente y, en todo caso, estallada la guerra entre Rusia y Alemania, hubiera sido igualmente invadida. Y puede que Gran Bretaña no fuera capaz de desanimar a Alemania afirmando su futura intervención del mismo modo que no logró desanimar a Rusia a pesar de estar todo el tiempo dando la impresión de que sería neutral. Todas tuvieron sus razones para hacer lo que hicieron. Pero, ninguna de ellas es lo suficientemente importante como para arriesgar una guerra como la que siguió. ¿Son por tanto todas culpables en la misma medida? Desde luego que no. El debate historiográfico-moral suele centrarse tan sólo en Alemania y Rusia. Pero, limitada entonces la pregunta a ellas dos, ¿hay una más responsable que la otra? Eso es más difícil de contestar.


LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL: Los orígenes - Los bloques - El Plan Schlieffen - El asesinato de Francisco Fernando.

A continuación