La cortesía amable e ilegal

Emilio Campmany

Ya sabemos que las leyes son sólo para que las respetemos los del común. Porque a los políticos tan sólo se les aplica la norma según la cual, para ellos, todo vale. A lo más que llegan es a verse obligados a cumplir alguna cuando les obliga la refriega política, pero nunca porque estén sometidos a ellas. Tan es así, que se las saltan a las claras, con luz y taquígrafos, a culo pajarero. Ni siquiera cuando tienen que cumplir el sencillo requisito formal de jurar o prometer cumplir y hacer cumplir la Constitución. A independentistas, separatistas, soberanistas y filoetarras de toda calaña y circunstancia se les ha venido permitiendo tomar posesión de sus cargos tras prometer con la condición de que lo hacían "por imperativo legal". Que es tanto como decir que la promesa no les obliga. Dando igual hacerlo o no por imperativo legal, qué importa que algunos hayan en esta legislatura añadido las morcillas más mentecatas, los estrambotes más hilarantes. Y, naturalmente, las promesas han sido igualmente dadas por buenas. Algunos de los parlamentarios que hemos elegido son tan bodoques que, incapaces de aprenderse las memeces que se les han ocurrido, las han tenido que leer en una chuleta que llevaban al efecto durante el solemne acto de prometer.

No contentos con ciscarse en la representación que ostentan tomándose a chirigota la toma de posesión del cargo que se la otorga, están dispuestos a seguir cometiendo ilegalidades disfrazadas de cortesía parlamentaria. Alegan que los reglamentos de las cámaras son excesivamente rígidos y que, para facilitar el debate, no pasa nada por que se presten diputados o senadores unas formaciones a otras y poder así cumplir los rigurosos requisitos que se exigen para formar grupo parlamentario. Formado el grupo, los diputados o senadores prestados vuelven al redil de donde salieron y aquí paz y después gloria. Hecha la ley, hecha la trampa. Es verdad que se ha hecho siempre, pero deberían percatarse de que en esta legislatura no está el horno para bollos. Quizá los reglamentos sean en efecto muy rígidos, pero si lo son, que los cambien, que tienen todo el poder para hacerlo. A mí el reglamento del IRPF me parece de una rigurosidad excesiva y me encantaría que la Agencia Tributaria me lo aplicara con la flexibilidad y cortesía que gastan sus señorías los unos con los otros. Mucho más cuando no está en mi mano cambiarlo. Y sin embargo no creo que el inspector esté por la labor.

Y lo peor es que todo esto lo avala, y nunca mejor dicho ahora que hablamos de préstamos, el Tribunal Constitucional, que, cómo no, está para dar oropel jurídico y empaque leguleyo a los enredos de los políticos. Me imagino a todos ellos, parlamentarios de cualquier partido, metiéndose en la cama por las noches, antes de cerrar el ojo, dedicando el último pensamiento a nosotros, sus súbditos, diciéndose: "Hay que ver lo idiotas que son, lo fácil que es engañarles y cómo tragan lo que sea".

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