La China de Trump

Emilio Campmany

Cuando Kissinger habla de China parece un adolescente cantando las virtudes de su enamorada. Seguro que desaprueba que Donald Trump haya dejado que Tsai Ing-wen, la presidenta de Taiwán, le felicitara por teléfono. El gesto tira por la borda cuarenta años de política norteamericana respecto a China, una política que el propio Kissinger ayudó a pergeñar.

Cuando Nixon ganó las elecciones de 1968, era creencia común en Occidente que el bloque comunista era uno y que la URSS y China actuaban de consuno. Kissinger sabía que no, que ambos colosos rojos se tomaban el chocolate de espaldas y se temían el uno al otro más de lo que temían a los Estados Unidos. Kissinger convenció a Nixon de entablar relaciones diplomáticas con la China Popular. La iniciativa fue un éxito gracias a eso de que los enemigos de mi enemigo son mis amigos. Aunque Reagan acabara llevándose con justicia el mérito, fue Nixon quien empezó a ganar la Guerra Fría cuando estrechó la mano de Mao.

No obstante, quedó el problema de Taiwán, la única China que hasta entonces habían reconocido los Estados Unidos. Finalmente, en la época de Carter, el problema se resolvió admitiendo que sólo había una China y que ésta estaba representada por el Gobierno de la China Popular. Taipei y Washington rompieron relaciones, aunque los Estados Unidos mantuvieron el compromiso de proteger la isla de cualquier intento de invasión desde la China continental. Taiwán consintió la nueva situación casi de buen grado por estar de acuerdo con el punto de partida, que China no hay más que una.

Dejarse felicitar como ha hecho Trump por la presidenta Tsai es tanto como negar la ficción en la que se han fundado las relaciones sino-estadounidenses hasta ahora. Porque si Tsai es la presidenta de un país soberano, una de dos, o Taiwán y China son cosas distintas, que es algo que ninguna de las dos admite, o si son una sola y su presidenta es Tsai, a ella corresponde representarla.

Como ocurrirá con frecuencia con Trump, la prensa de izquierdas ha atribuido el gesto a la torpeza e ignorancia del presidente electo. Mientras, en Beijing simulan creer que todo se ha debido a un error. Sin embargo, parece que la llamada estuvo perfectamente preparada. Si así fuera, sería evidente que Trump quiere revisar las relaciones de su país con China. Es probable que se esté limitando a buscar una excusa para obstaculizar las importaciones de aquel país y obligar a los fabricantes norteamericanos a abrir plantas en los Estados Unidos. Pero también cabe que sus objetivos tengan además alcance estratégico y quiera hacer frente más enérgicamente de como lo ha hecho Obama a las crecientes ambiciones geopolíticas del gigante comunista. Sea como fuere, Europa se vería obligada a decidir qué hacer y no faltarán las presiones a favor de imitar la política proteccionista de Trump para amparar a los trabajadores que han perdido o temen perder sus trabajos en las fábricas europeas.

Naturalmente, a los políticos españoles, ocupados como están en averiguar si somos una nación o varias, esto ni les va ni les viene.

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