La bronca como estrategia

Emilio Campmany

Desde aquellas elecciones en las que el PSOE recurrió a un dóberman ladrando para representar a sus adversarios, los socialistas basan sus campañas electorales en la bronca, el jaleo, el alboroto. Unas veces lo han hecho rodeando las sedes del partido adversario el día anterior a las elecciones y otras incrementando artificialmente la tensión y el enfrentamiento. Se ha convertido en su estilo, en la marca de la casa. La bronca es para el PSOE lo que el "Ya es primavera" para El Corte Inglés o el "Vuelve a casa por Navidad" para El Almendro. De manera que, en los días en que el partido se ve en caída libre, a punto de ser cuarta fuerza, superado por su derecha y por su izquierda por los emergentes, es lógico que vuelva a sus esencias. Y sus esencias son la bronca.

A nadie debería haber sorprendido el recurso a esta estrategia, aunque da la impresión de que los asesores de Rajoy no contaron con ella. Es incomprensible que no le aleccionaran acerca del mejor modo de reaccionar si, como todo hacía prever, Sánchez recurría a la cruda injuria, salvo que lo que hicieran fuera recomendarle que se mostrara fuera de sus casillas, que es lo peor que podían haberle dicho. En televisión, para bien o para mal, la bronca queda mal y lo de menos es quién haya sido el responsable de iniciarla. Por eso, al margen de quién tenga razón, la mejor forma de responder a quien recurre al insulto es decir que cuando termine de ofender y tenga un argumento que debatir le contestará. Y si insistiera lo que ha de hacerse es quejarse de la escasez de propuestas, de la imposibilidad de debatir con quien se comporta como si estuviera en una taberna. Y si todavía continuara ultrajándole ha de rogarle con condescendencia que vaya acabando, que a él le gustaría exponer lo que tiene pensado poner en práctica para mejorar el futuro de los españoles. Ya sé que es difícil conservar la calma cuando alguien te llama mentiroso, pero la cuestión es que en televisión no queda bien contestarle que es un miserable, por mucho que lo merezca.

Vistas así las cosas, si hay que elegir un vencedor entre quienes debatieron, habrá que concluir que fue Pedro Sánchez, que aunque insultó lo hizo de manera calma y queda, sacando de sus casillas a su adversario, que le contestó enrabietado e incómodo. Reducido el debate a un cruce de vituperios, quién puede dudar de que el ganador tenga que ser un socialista. Las dudas se centran ahora en calcular cuánto haya podido beneficiar a los emergentes una actuación tan pobre de propuestas por parte de los de siempre. Me inclino a pensar que tanto Rivera como Iglesias han salido reforzados, pero son tantas las veces que la bronca ha beneficiado al PSOE que ya no me atrevo a calcular nada. Veremos qué dicen durante los próximos días las encuestas que se publiquen en Andorra.

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