El rey

La abdicación debe esperar

Emilio Campmany

Lo que ha obligado al rey a pedir perdón no ha sido irse a Botsuana a cazar elefantes. Puede que esa frivolidad en un momento difícil para la patria haya sido la gota que colma el vaso. Pero no es la primera vez que los españoles descubrimos que el rey se ha ausentado del país sin decir nada. Lo que tiene en la cuerda floja a la Monarquía es el caso Urdangarin. O mejor dicho, la tibia e insuficiente reacción de la Casa del Rey al caso. Y la abdicación no es la respuesta porque tanto da que Urdangarin sea el yerno o el cuñado del rey. Lo que se impone es que el monarca, se llame Juan Carlos o Felipe, se desligue de alguien que ha tenido una conducta "no ejemplar".

Pedir perdón puede parecer suficiente. Y lo será para unas semanas. Pero, a la larga, no bastará. Hay que hacer más. Urdangarin debe dejar de ser, a todos los efectos, miembro de la familia real. A la infanta Cristina puede dolerle que su marido no sea digno de la protección real de la que han disfrutado otros, pero, desde el punto de vista de los intereses de España y de la institución, ese agravio comparativo es irrelevante. Otra cosa es decidir si el cortafuegos debe afectar sólo al yerno o debe incluir también a su esposa.

Luego está lo de Corinna Larssen. El rey sabe muy bien que este asunto sólo puede resolverse de un modo. No es que no pueda tener una amante. Ha habido otras antes de Corinna y no pasó casi nada. Lo que no puede tener es una amante oficial. Más allá de los problemas protocolarios que plantearía, y que ya plantea, el que el rey no oculte su amistad con la bella alemana, lo esencial es la dignidad de la reina de España. Doña Sofía podrá, como mujer, ser capaz de soportar más o menos infidelidades. Pero, los españoles no deberíamos tolerar que nuestra reina sea humillada en público, ni siquiera cuando quien la veja es el rey.

Dice muy poco de nosotros como pueblo que nos afrente que nuestro rey se vaya a cazar a un país extranjero de incógnito, y nos demos por satisfechos por el perdón que se nos pide, y en cambio contemplemos impávidos, casi divertidos, como la reina de España, nuestra reina, es objeto del mayor de los menosprecios. No sólo, sino que toleramos que tal vilipendio se haga ante el mundo entero sin que pidamos, para ella y para nosotros, ninguna reparación. Incluso se nos anuncia que el maltrato va a continuar y nadie ha rechistado.

Si Urdangarin sigue siendo familia real y si se permite que ingrese en ella un nuevo miembro con el vago estatuto de amiga del rey, la abdicación que pudiera un día llegar no sería bastante para salvar a la Monarquía. Resuélvanse como deben esos dos asuntos y la abdicación devendrá innecesaria. No se haga, y será insuficiente.

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