Alianza de Civilizaciones

Justicia en Teherán

Emilio Campmany
Roxana Saberi nació para ser el símbolo de la Alianza de Civilizaciones. Vio la luz en Nueva Jersey hace 31 años de padre iraní y madre japonesa. Pocos habrá en el mundo que sientan, como lo hace esta joven, correr por sus venas la savia de la Alianza inventada por Zapatero. Además de ser buena estudiante y una notable deportista universitaria, Roxana fue proclamada Miss Dakota del Norte 1997. El haber sido víctima de un decadente concurso de belleza propio del machismo occidental completan un currículo ideal para encarnar las bondades de la Alianza de Civilizaciones.

Hace seis años, la mujer viajó a Teherán a reencontrarse con sus raíces y a doctorarse en estudios iraníes. Lástima que Roxana prefiriera entonces traicionar los ideales de la Alianza que tan bien encarna y convertirse en una rémora para que ésta avance. En efecto, la irreflexiva mujer decidió trabajar para agencias tan agresivas con el Islam como la National Public Radio y la BBC. Nadie se extrañó de que hace dos años la malvada periodista perdiera su licencia. Los que se la revocaron no iban mal encaminados. De hecho, la chica fue detenida a finales de enero pasado por haber comprado vino, que es, como se sabe, un gravísimo delito en los progresistas Estados musulmanes y muy pronto lo será también entre nosotros. Tras un breve período de tiempo de diez días, las indulgentes fuerzas del orden iraníes permitieron que la presunta delincuente llamara a sus padres. Roxana los tranquilizó diciéndoles que, como en otros casos, tras pagar una multa y ser purificada con unos pocos latigazos, sería puesta en libertad.

Pero los iraníes no son tontos y sabían que había más. Al principio la acusaron de trabajar como periodista sin credenciales para hacerlo. En Occidente deberíamos aprender de ellos. Tendríamos así una correcta solución para el incordio Losantos: primero se le revoca la licencia y luego se le mete en la cárcel por ejercer de periodista sin autorización.

Pero como los iraníes hilan muy fino, acabaron, como no podía ser de otra manera, descubriendo la verdad. La guapa Roxana no es una periodista, sino una moderna Mata Hari que trabaja para los Estados Unidos. Un tribunal imparcial en un juicio a puerta cerrada, que es algo que, cuando se hace en Guantánamo no tiene suficientes garantías, pero que es perfectamente admisible en los avanzados Estados islámicos, la ha condenado a ocho años de cárcel por espía. Se desconocen cuáles son las pruebas que el Fiscal ha esgrimido contra ella, pero deben ser irrefutables cuando se ha decidido imponerle una pena tan grave. Ni siquiera Zapatero, con la buena mano que tiene en Teherán, sería capaz de obtener un indulto para la bella norteamericana de origen persa.

Naturalmente, las inteligentes asociaciones de derechos humanos, conscientes de lo que hay en juego, taparán el asunto con un tupido velo (con un hijab, si quieren) y esperarán a que el tema se ahogue entre las notas breves de las páginas pares de los periódicos (como ya se han apresurado a hacer en El Mundo). Su buen sentido no permitirá que este incidente empañe la crucial Alianza que propugna nuestro presidente y las buenas relaciones que Obama quiere tener con Teherán. Menos mal que sólo hay una Roxana Saberi. Cinco más como ella y la Alianza de Civilizaciones se va al garete. Diez acaban con Obama.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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