Garzón

Juez en Nueva York

Emilio Campmany

Aquí no somos capaces de ponernos de acuerdo en nada, ni siquiera en política exterior o lucha antiterrorista. Sólo hay una cosa que concite el odio y la aversión de todos por encima de actitudes ideológicas, los Estados Unidos de América. El antiamericanismo es crónico en nuestros lares. Aparte la natural atracción que nuestra izquierda siente por cualquier dictadura de su cuerda, ocurre con la cubana que encuentra entre los españoles también simpatizantes de derechas con tal de fastidiar a Washington. 

Pero, ahora me doy cuenta de que el desprecio debe de ser mutuo. Otra explicación no tiene que el New York Times se vea impelido a defender al juez Garzón de la injusticia de tener que sentarse en el banquillo como si aquí la justicia fuera algo que emplean unos señores de derechas para encarcelar a los de izquierdas. Y esto es sencillamente intolerable. Hay pocas cosas que en España sean mejores que en Estados Unidos, pero una de ellas es precisamente el sistema judicial penal. Allí siempre es un jurado quien te manda a la cárcel y, en consecuencia, sólo van a dar con sus huesos a ella quienes no tienen dinero para pagarse a un buen abogado, que no tiene por qué saber demasiado de leyes, sino que le basta ser diestro en las mañas con las que manipular a sus doce miembros. 

Por eso, es indignante que venga el New York Times a decir que: "el Juez Garzón es desde luego una estrella (flamboyant dice el editorial) y a veces va más allá de donde debe, pero juzgarle por investigar los crímenes del franquismo ofende a la justicia y a la historia. El Tribunal Supremo nunca debió admitir a trámite este caso. Una vez que lo ha hecho, lo que tiene que hacer es absolverlo". Que ofenda a la historia es y debe ser irrelevante para el Tribunal Supremo. Que lo haga a la justicia es una sencilla falsedad. Y el New York Times lo sabe cuando reconoce que lo que Garzón quería era juzgar a unos militares muertos. ¿Qué opinión tendría el matutino neoyorquino de un juez que, en el distrito de Columbia, le diera por abrir proceso a Abraham Lincoln por los muchos disparates cometidos, que los cometió, durante la Guerra de Secesión? ¿Y qué pensaría del diario español que lo defendiera?

De los otros dos casos por los que Garzón se sienta en el banquillo, el propio editorial reconoce no saber nada. Pues ya podría enterarse, que uno se refiere al dinero que Garzón pidió a empresarios españoles que estaban o habían estado encausados en su Juzgado para financiar unos cursos organizados por la Universidad precisamente de Nueva York en los que él intervendría y por los que cobraría generosos emolumentos. De eso sería difícil que pudiera librarse de la condena incluso en Estados Unidos, aunque el jurado estuviera compuesto por lectores del New York Times y su defensor fuera el abogado más flamboyant de la Gran Manzana.

 

A continuación