Faisán

Jipíos en ca’ Polanco

Emilio Campmany

Pasear por la noche por la calle Miguel Yuste es hoy como visitar el castillo de Drácula de madrugada. Desde las sombras nos asaltan lamentos amargos, gritos desgarradores, llantos desconsolados. Todo es sombría pena. Desde las ventanas del edificio que alberga la redacción de El País alguien grita al silencio de la oscuridad "y ahora ¿qué hacemos?". El fantasma del embargo asoma desde detrás de la butaca del consejero delegado ululando. Su bramido hiela la sangre de quienes en la redacción se afanan en ver el modo de hacer irrelevante la noticia. Pero, la nueva, como un mazazo, como un latigazo está ahí: el juez Ruz ya ha mordido uno de los calcañares del secretario de estado de Interior y en la mano sostiene el hilo de un teléfono móvil del que tirar y que podría conducirle hasta el mismísimo ministro y vicepresidente.

"Rubalcaba está muerto, muerto, definitivamente muerto", barrita uno preso por la histeria. El que conserva el control de sus actos le recrimina: "Calla, insensato; Rubalcaba estará políticamente muerto el día que lo publique El País y para eso todavía falta".

Con todo lo que fue, ha sido y todavía es Prisa, esta es la hora en que, ausente ya el gran patrón, todo ha sido fiado a que Rubalcaba suceda a Zapatero. "Maldita sea –se queja otro–; nunca debimos permitir que cayera Garzón". El más entero vuelve a ordenar silencio, cada vez más enojado. Una tercera voz desesperada se pregunta: "Sobrevivimos al GAL, pero ¿lo haremos al Faisán?". "Callaos todos de una vez. Que no cunda el pánico. El Faisánno es nada, una peripecia de la negociación, un error nimio y seguro que Rubalcaba no se deja atrapar". Uno más veterano y algo impertinente recuerda: "Eso mismo dijiste cuando pillaron a Sancristóbal y no empitonaron al gran jefe de milagro". "Que os calléis, he dicho".

Hasta ahora sólo dos machos alfa se han atrevido a postularse para la difícil sucesión de Zapatero, Bono y Rubalcaba. Y los dos van a acabar mal. Es más, lo de los áticos de Bono parece peccata minuta comparado con lo del Faisán. Avisarle a un etarra de que no acuda a una cita para que no sea detenido es algo muy grave. Que el asunto salpique al director general de la Policía debería ya haber sido motivo suficiente para que dimitiera el titular de Interior. Pero que esté implicado el secretario de estado deja completamente knock out al ministro. Fue Rubalcaba quien lo nombró, fue él quien lo sostuvo y es él quien todavía hoy no lo ha cesado a pesar de ser abrumadoras las sospechas de estar implicado en el caso.

Ninguna pirueta que pueda hacer Freddy sería ya capaz de salvarle. Podrá dar mil volatines y atravesar todo el despacho del ministerio en media docena de flic flacs, pero esta vez le va a ser muy difícil caer de pie.

"Y lo peor no es que se vaya nuestro protector –dice el que primero habló con el ánimo cada vez más decaído–; lo peor es que venga la Chacón; entonces sí que estamos apañados". "Ni una palabra más del asunto", termina ordenando el jefe, perdida toda confianza en su propia autoridad, pero seguro de que habrá que cargar las baterías y dirigirlas nuevamente contra la catalana.

Desde la primavera pasada sabíamos que este curso iba a ser movidito, pero nadie pronosticó que lo fuera a ser tanto. No se levanten de las butacas que todavía habrá más.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

A continuación