Guerra judicial también en América

Emilio Campmany

Este fin de semana falleció el ilustre magistrado de la Corte Suprema de los Estados Unidos Antonin Scalia. La izquierda lleva años emprendiendo una vigorosa ofensiva en todo Occidente con el fin de imponer la idea de que es obligación de los jueces interpretar las leyes conforme al sentir popular del momento en que se han de aplicar y no conforme a lo que las leyes dicen. Lo argumentan diciendo que ha de ser así cuando se apliquen leyes que se redactaron en un ambiente de opinión diferente. Naturalmente, son ellos, la izquierda, los que deciden qué interpretación es más conforme con ese sentir. Los Estados Unidos no han sido inmunes a esta plaga. La izquierda norteamericana, incluida la más moderada, pretende que la Corte Suprema reinterprete la Constitución a fin de que diga lo que cree ella que hoy debería decir, pero que en realidad no dice. Un ejemplo es el caso del derecho a portar armas que ampara sin ambages la Segunda Enmienda. Lo cierto es que los políticos pueden fácilmente suprimirlo cambiando la Constitución y aprobando una vigésimo octava enmienda que lo derogue. Sin embargo, como ello obligaría a senadores y congresistas a debatirlo en las cámaras, retratarse y expresar su opinión ante sus electores, prefieren que sean los magistrados de la Corte Suprema los que hagan decir a la Constitución lo que ellos quieren que diga. Así logran su propósito sin pechar con el coste político de ser ellos los responsables de la reforma. De eso sabemos aquí un tanto.

Antonin Scalia era un ferviente defensor de lo que él llamaba originalismo, esto es, la interpretación de la ley conforme a su sentido original, que es como si un matemático se confesara partidario de de que dos más dos sean cuatro frente a los muchos que se empeñan en que sean tres o cinco según sople el viento. Y por defender que se interprete la ley por lo que dice y no por lo que a no sé quién le gustaría que dijera ha sido tildado como el más conservador de los magistrados de la Corte. Olvidan sus críticos que Antonin Scalia estuvo del lado de quienes opinaron en su momento que quemar públicamente una bandera de los Estados Unidos de América era un derecho incluido en la libertad de expresión amparada por la Primera Enmienda. Y fue duramente criticado por ello desde los círculos conservadores.

Por supuesto, Obama quiere nombrar a su sucesor y romper a favor de la izquierda el empate a cuatro que la muerte de Scalia deja en el tribunal. Sin embargo, el Senado de mayoría republicana afirma que rechazará a cualquiera que proponga con el fin de que sea su sucesor quien haga el nombramiento el año que viene. Obama insiste en designar a un nuevo magistrado. Parece que tratará de encontrar a alguien que, siendo inequívocamente de izquierdas, no pueda por su prestigio ser rechazado por los republicanos. ¿Encontrará ese unicornio?

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