Cascos

Fulanismo

Emilio Campmany

De Franco se contaba que una vez le aconsejó a Sabino Alonso Fueyo: "Haga usted como yo, no se meta en políticas". No lo dijo en broma. Con la palabra "políticas", así en plural, el dictador quiso menospreciar el politiquerío de la Restauración a la Guerra Civil. No meterse en políticas no significaba no hacer política, sino abominar de los partidos, de la lucha por hacerse con los cargos, de la demagogia, del populismo, de la irresponsable apelación a los más bajos instintos del pueblo. En definitiva, el consejo encerraba una crítica a la democracia y una denuncia de los males que supuestamente ésta trajo a España y a la vez era un modo de justificar la dictadura del militar.

Uno de los males de "las políticas" fue el Fulanismo. En España, en muchas ocasiones, hemos preferido que nos dieran a elegir entre fulanos antes que entre idearios políticos. Por eso, cuando el sistema lo ha permitido, han surgido fulanismos como setas, supuestas corrientes que, al margen de toda idea política, se caracterizaban exclusivamente por estar dirigidas por tal o cual Fulano. La Constitución de 1978 trató de erradicar semejante tendencia otorgando a los partidos políticos un poder omnímodo. Por eso, a los que dicen que "fuera del partido, no hay vida" no les falta razón. En nuestro sistema, el que da el cargo es el partido o, mejor dicho, quien dirige el partido. En consecuencia, las carreras políticas se desarrollan más arrancando apoyos en las sentinas de los partidos que despertando simpatías entre los electores. Tal sistema tiene muchos defectos y, desde luego, no es el más democrático, pero al menos tiene la ventaja de evitar el fulanismo, patología crónica de nuestra democracia en otros tiempos. Es cierto que este mismo sistema permitió el nacimiento del GIL, el partido de don Jesús, pero tal experimento nunca salió de la extravagante Costa del Sol y, cuando intentó cruzar el estrecho hacia Ceuta, el sistema lo engulló.

Pero ahora viene Cascos y funda su partido fulanista. Los que voten a Foro Asturias en las próximas elecciones autonómicas y municipales tomarán en consideración casi exclusivamente que están votando a Francisco Álvarez Cascos. Las encuestas confirman que serán muchos los sufragios que reciba, pero será el respaldo personal lo que los justifique más que la comunión con sus ideas políticas. No es probable que lo haga, pero si la tendencia, a pesar de los muchos obstáculos que el sistema impone, se consolida en otros lugares, nuestra democracia se degradará algo más de lo mucho que ya lo está.

En todo caso, de este brote de fulanismo no es responsable Cascos. La mayor responsabilidad debe atribuirse a Mariano Rajoy y a los líderes del partido en Asturias. Éstos prefieren seguir mandando en el partido, aunque ello exija perder, que tener que dejar de hacerlo para que su partido gane. Es una actitud suicida desde el punto de vista colectivo, pero comprensible desde su punto de vista personal. Lo que no es comprensible es que en Génova prefieran que el partido lo dirijan en Asturias los perdedores en vez de los ganadores. ¿Por qué? Seguramente temen que un Álvarez Cascos presidente de Asturias será una voz muy crítica, y muy audible, cuando Rajoy, siguiendo los consejos de Arriola, se permita apartarse del ideario de los electores del PP. Por librarse de Cascos, están dispuestos a perder Asturias y al final, perderán Asturias y tendrán Cascos para rato. Unos linces.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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