Campaña de agresiones

Frente a la izquierda violenta

Emilio Campmany

La victoria por los pelos del Partido Popular en las elecciones municipales hizo que los socialistas cambiaran de táctica: suspendieron el proceso de paz con la ETA y se envolvieron con la bandera de España para recuperar al electorado de centro, cuya huída, suponían, había provocado la derrota. Meses y millones gastados en que el "Gobierno de España" saliera hasta en la sopa no han servido de nada. Según las encuestas, el partido sigue empatado. Asustados, los socialistas han decidido recurrir a quien le dio la victoria en 2004, la extrema izquierda.

Resultado de este giro es el incremento de la tensión que Zapatero anunciara a Gabilondo. Está por esclarecer cuán directa pueda ser la relación entre este giro táctico y las agresiones de que han sido objeto María San Gil, Dolors Nadal, Rosa Díez y ahora Granados y Güemes.

Los ingenuos creen que estas acciones violentas hacen que el electorado se ponga del lado de las víctimas. Se equivocan. Cuando el que emplea la violencia, vence, produce la impresión de que tiene razón, pues parece que es la razón, y no la violencia, la que le dio la victoria. En cambio, cuando el agresor es finalmente derrotado, porque el agredido repele o se sobrepone a la agresión, o porque el agresor es detenido y conducido ante el juez, entonces, sólo entonces, la simpatía del espectador se pone del lado del agredido.

Esto lo saben muy bien los socialistas y por eso, cuando el altercado Bono, convirtieron en agresión lo que no pasó de bronca y llevaron conducidos por la fuerza pública a dos militantes del PP que eran inocentes. De esta forma lograron que un abucheo más que justificado se convirtiera en un acontecimiento negativo para el PP ante los ojos del electorado neutral.

Para entenderlo, basta recordar cómo eran las cosas en el parque cuando éramos pequeños: la preciosa niña de los tirabuzones rubios no tenía por qué acabar yéndose con el matón de turno; podía también hacerlo con el que salía derrotado de la pelea, siempre que el vencido hubiera tenido al menos el valor de enfrentarse a aquél. Con quien nunca se iba era con el que se arrugaba a la primera.

Esto no ha hecho más que empezar y si el PP no reacciona, irá a más. Obviamente, no puede ni debe recurrir al ojo por ojo. Tampoco puede exigírsele a sus líderes que posean el valor de enfrentarse a los energúmenos a pecho descubierto, tal como hizo María San Gil cuando se empeñó en salir por donde entró, por la puerta principal, porque no todos tienen el coraje de la valiente vasca. Pero sí pueden devolver las agresiones físicas con la vehemencia verbal que merecen cuando las denuncien y acusar de paso a los que las instigan.

También pueden emplear los muchos recursos del partido en perseguir jurídicamente a los agresores, para identificarlos y exigirles no sólo la responsabilidad penal, sino también la civil, que a algunos les duele más el bolsillo que la cabeza. Igualmente necesario es emplear esos mismos recursos en investigar quién está detrás de esta campaña de agresiones, pues sus nombres pueden ser extraordinariamente reveladores.

Con esta izquierda violenta no basta tener razón, hace falta armarse con el Derecho y la palabra y, respaldados por 700.000 militantes y diez millones de electores, hacerles frente de una vez.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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