Rubalcaba

Freddy embalsamado

Emilio Campmany

Los socialistas de verdad, y no digamos los comunistas, se tienen por las mejores personas del mundo. Destinan su vida a hacer el bien. Los hay que, además de verse bondadosos y altruistas, se tienen por inteligentes y sabios. Y se convencen de que una cosa trae la otra. Son tan buenos y brillantes que sólo pueden ser de izquierdas porque si fueran de derechas serían egoístas y tontos o, como mucho, rácanos y espabilados. Por eso, los buenos son de izquierdas y por eso, los intelectuales, también. En la derecha no hay más que lumpen mental, idiocia envuelta en billetes de banco.

El problema de estos socialistas de verdad, no digamos de los comunistas, es que su inteligencia y su instinto les conduce irremediablemente a la verdad: Dios no existe. Si de verdad existiera no permitiría que la derecha ganara elecciones. Cuando todavía son jóvenes descubren como quien halla la piedra filosofal que es verdad que tras la muerte no hay nada. Luego, cuando pasan los años y se hinchan a hacer el bien a diestro y siniestro (más a esto último, claro), les desazona pensar que no haya otra vida donde ser recompensados de tanta entrega y sacrificio por los demás. Ver próximo el momento en que los gusanos serán los únicos a los que aproveche un cuerpo tan bondadoso como el suyo les solivianta e inquieta.

Por eso, la mayoría de ellos, los que de verdad son socialistas, y no digamos los comunistas, anidan en su alma un sueño inconfesable, un anhelo secreto, ser momificados y expuestos en un gran mausoleo como lo fue Lenin. Así, pasarán por allí las sucesivas generaciones de rojos saludando puño en alto para dar al gran personaje, al más brillante y entregado de los izquierdistas, un saludo que signifique que para él sí que hay vida tras la muerte, el recuerdo de quienes recibieron el mucho bien que hizo en vida el difunto. No lo dirán, pero los que son socialistas de verdad, y no digamos los comunistas, a lo que al final aspiran es a ser momias ilustres.

Podría o no ser el sueño de Zapatero. Podría serlo o no de Felipe. Pero nunca hubiera creído que fuera el de Freddy, él, que se hizo de izquierdas cuando ya era calvo, al que nunca interesó la teoría, sino que siempre estuvo preocupado por la praxis. Un hombre como él, a todas horas pegado al instante, al terreno, al día a día, no parece el más predispuesto a los delirios de grandeza para después de muerto. Y, sin embargo, ahí lo tienen, solemnemente enmudecido, serio como un ajo, sin decir palabra, resignado a que lo embalsamen con los ungüentos y pomadas que supuran los informes de Interligare. Y luego, quedarse así, de muestra, con los ojos cerrados, dispuesto a, momificado y todo, ganar una elección tras otra.

Al menos eso parecen esperar él y el PSOE. Que Dios, aunque no crean en Él, les asista.

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