Falta épica

Emilio Campmany

La violencia está proscrita en nuestra sociedad. No sólo la gratuita, también la legítima y hasta la legal. Cuando la Policía la emplea en cumplimiento de sus obligaciones es ácidamente criticada. Y eso que en España tenemos los antidisturbios más sufridos de Occidente, pues en las manifestaciones violentas que aquí padecemos de vez en cuando suele haber más heridos entre los policías que entre los manifestantes. Desde el punto de vista del separatismo catalán, renunciar a la violencia, aunque en realidad sólo lo hayan hecho en cuanto a la más evidente y grosera, tiene ventajas e inconvenientes. La ventaja es que, a poco que el Estado se vea tentado de recurrir a ella, el habitual victimismo de los nacionalistas encontrará un modo de justificarse, especialmente fuera de España. La medidísima violencia empleada por las fuerzas del orden el 1 de octubre permitió a los nacionalistas hablar de casi mil heridos cuando no hubo más que dos. Pero, propagandísticamente, la mentira fue eficaz. Y lo fue porque la Policía empleó la violencia. Da igual que ésta fuera legal, legítima y proporcionada. No obstante, la renuncia a las formas más evidentes de violencia tiene, para los independentistas, también inconvenientes.

La imagen de David y Goliat que el nacionalismo vende de sí mismo y de España no termina de cuajar porque este David independentista renuncia a emplear la honda. Tampoco lo hace la de una Cataluña que resiste la intervención del Estado como Numancia a los romanos, porque estos numantinos están muy lejos de preferir el suicidio a seguir siendo españoles. Tampoco vale la de los Trescientos defendiéndose en las Termópilas, porque es patente la negativa de los independentistas a morir luchando contra los Inmortales, entre otras cosas porque el Leónidas convergente ha salido huyendo al poco de asomar por el desfiladero un escudo con el 155 grabado.

El movimiento independentista catalán ha querido disfrazarse de épica y ha salido vestido de ridículo. Y la verdad es que tampoco es necesario recurrir a la violencia para que haya tragedia épica. Basta estar resuelto a resistir, aunque la resistencia sea también una forma de violencia, que sin embargo puede ser disfrazada de pacifismo. Pero si no se está dispuesto a pelear, si ni siquiera es uno capaz de plantarse por miedo a ser encarcelado, si se proclama la independencia y luego deja uno de ir al despacho para evitar que se agrave la propia situación penal, si se pide a los militantes de a pie que tengan el coraje que a uno mismo le falta, será imposible ser Enrique IV y tendrá uno que conformarse con hacer de Falstaff. Y si todos son así y nadie quiere el papel de héroe, es inevitable que el drama histórico degenere en comedia burlesca.

Es muy difícil construir una nación sin épica. No basta prohibir el empleo del español, enseñar en el colegio lo malos que son los españoles y limitar los puestos relevantes socialmente a los de rancio origen catalán. Además de esas mezquinas patologías del nacionalismo hace falta siquiera una pizca de valentía, una miaja de épica.

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