Eureka

Emilio Campmany

Enmudezcan los mercados, callen las bolsas, guarde silencio la Troika, cesen las cotizaciones, apaguen los monitores, paren las cintas luminosas, que el pueblo soberano ha hablado. Que todos, Merkel, Lagarde, Draghi, Dijsselbloem inclinen la cerviz, hinquen la rodilla y acaten lo que el pueblo ha sentenciado. Y lo que en su soberana independencia ha fallado ese pueblo es no. Y no ha sido un no corriente, de esos que dicen que ha de interpretarse como un podría ser. Ha sido un no monumental, catedralicio, inmenso como la democracia. Pronunciado precisamente en el país donde ésta se inventó. ¿Qué han de hacer los miserables acreedores, los hediondos usureros, esos mercachifles que sólo saben contar dinero cuando lo que hay que contar son los votos de la gente? Callar, pagar y obedecer. Sin rechistar.

Al fin la izquierda, henchida de orgullo democrático, se levanta contra la derecha ignara, obtusa tirana que humilla a las naciones con el yugo de la austeridad y las esclaviza con el látigo de la disciplina fiscal, estúpida boba liberal que impone a los pueblos contra su voluntad la dictadura del mercado. Y no es una dictadura cualquiera. Es una dictadura fascista, nazi, cuya banda sonora es, cómo no, en alemán. Es como en las películas: "Achtung, achtung!". Ya estábamos todos en el Sur marcando el paso de la oca cuando, de forma inopinada, a Tsipras se le encendió la bombilla y se le ocurrió, eureka, la idea genial: recurrir naturalmente a la democracia; preguntar a la buena gente qué hacer, si pagar con testa gacha o devolver las letras con la cabeza bien alta. Tenía que ser a un griego a quien se le ocurriera. Ha descubierto la piedra filosofal que solucionará la crisis que arrastramos. Votemos todos, no sólo en Grecia, y resolvamos nuestros problemas. Votemos a favor de que suban las pensiones, se incrementen los salarios, disminuyan los horarios laborales. Votemos a favor de que desaparezcan los mercados, los bancos, los fondos, los bonos, la prima de riesgo. Eso sería lo democrático. Y dejar al fin de tragar con esta esclavitud de tener que pagar lo que se debe, que ya no hay dios que la aguante.

Qué gran ejemplo el griego. Porque una urna impone respeto, un respeto imponente. Así están todos los acreedores, con la boca abierta, deshaciéndose en agasajos, a la espera de sancionar la fórmula que escoja Tsipras para no devolver, no ya lo prestado, sino lo que le vayan a prestar. Los españoles deberíamos seguir ese ejemplo. Tan sólo tenemos que votar a Podemos, ser convocados a un referéndum y entrar con todos los honores, mientras las fanfarrias interpretan La Internacional, en el dorado paraíso de los morosos y disfrutar de él hasta que en el Norte se den cuenta de que lo que hay que hacer es dejar de ser siervos del ahorro, gastar y no pagar. Con lo fácil que es.

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