Estrechos hombros para tanto armiño

Emilio Campmany

El PSOE y el Gobierno y su presidente llevan semanas tratando de imponer respeto por Sánchez. El argumento es que el presidente del Gobierno es una institución que merece toda la consideración. Se quejaron de los abucheos, intolerables por estar dirigidos contra tan alta instancia del Estado. Se rasgaron las vestiduras por las chanzas a cuenta del patético intento de equipararse a los reyes en el besamanos. La gota que ha colmado el vaso es la acusación de ser "partícipe" del golpe de Estado que están tratando de perpetrar los separatistas catalanes. Sánchez es el presidente legal y legítimo de España y no puede ser objeto de un trato tan denigrante, dicen.

Creen los socialistas, especialmente los más estólidos, los de la escuela de Carmen Calvo, que es el cargo el que obliga a la reverencia y no las obras de quien lo ocupa. Y es justamente lo contrario. Son los hechos del titular los que engrandecen el cargo y no la altura de éste lo que da empaque al que lo ejerce. Neville Chamberlain y Winston Churchill fueron ambos primeros ministros y la consideración que los dos merecen de su pueblo es muy diferente. Por no irnos tan lejos, basta recordar la figura de Adolfo Suárez. La deferencia de la que disfruta no proviene de haber sido presidente del Gobierno, ni siquiera de haber dirigido la Transición conforme al guion de Torcuato Fernández Miranda. Lo crucial fue el coraje que demostró cuando permaneció dignamente sentado entre las balas disparadas por los subfusiles de los golpistas. Mientras, la gran mayoría de diputados, muy prudentemente, se escondieron bajo sus escaños. Es imposible saber qué hubiera hecho Adolfo Suárez de haber sido un diputado raso. Pero como presidente del Gobierno hizo lo que cabía esperar de alguien que ejerce tal cargo. Y se ganó el respeto de todos los españoles. Y, con él, ennobleció la función que desempeñaba.

Sánchez, en vez de mantenerse altanero frente a los golpistas, se apoya en ellos para conservar la poltrona. Haciéndolo, embarra la institución que representa comprándola a quienes quieren destruir España. Tiene a tres ministros dimitidos y a otros tres que deberían haberlo hecho. Y, para colmo, consiente que un comunista a sueldo de las dictaduras venezolana e iraní negocie con los golpistas catalanes, los separatistas vascos y los filoetarras su continuidad como presidente del Gobierno.

Sánchez no merece ningún respeto. Quienes le recuerdan que todos los días ultraja el oficio que desempeña o ponen en duda su legitimidad para presidir el Consejo de Ministros o muestran al escarnio público sus traiciones a la nación que gobierna no faltan al respeto al presidente del Gobierno. Al contrario. Es precisamente la falta de respeto que Sánchez muestra hacia el altísimo puesto que ocupa lo que convierte no ya en derecho sino en obligación el mostrar cómo se sostiene en él y a cambio de qué. Es Sánchez quien denigra la institución de presidente del Gobierno, no quienes denuncian cómo la afrenta.

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