Crisis

España milagrera

Emilio Campmany

En España, todos los días ocurre un milagro. Hoy, por ser especial, hemos asistido a cuatro. El primero ha sido ver al PP y al PSOE ponerse de acuerdo. Resulta que en las Cortes se está fraguando un pacto, que incluye también a los nacionalistas catalanes y vascos, para que Rajoy acuda al próximo Consejo Europeo con una postura respaldada por todos. Básicamente, lo acordado es cantarle las cuarenta a Merkel y ordenarle que afloje la mosca, que estamos hartos de pedir dinero prestado para sostener nuestra opulenta Administración y que ya es hora de que Alemania arrime el hombro. Estamos como en el chiste de Mingote en el que una comisión de pigmeos le preguntó al grandullón, armado de una tranca del tamaño de un menhir, que por qué tenía que ser él el jefe.

El segundo es más increíble. Ha venido un tío del PP y ha bajado los impuestos. Luego, se ha visto que lo que ha hecho Monago es parir un ratón, pues la rebaja no alcanza más que a las rentas más bajas en una cuantía que apenas pasa de veinte euros al año por contribuyente, como muy bien explica en esta casa Juan Ramón Rallo. Pero lo mejor ha sido que los otros barones del partido han puesto el grito en el cielo denunciando que quien preside una comunidad que recibe más que aporta no tiene derecho a bajar los impuestos, pues a ellos les gustaría hacerlo y no lo hacen porque sus comunidades tienen que ayudar a sostener, entre otros, a los extremeños. ¿No es un milagro? Ya no hay españoles ni en el PP.

Luego viene Cristóbal Montoro, que no hay más que verle la cara para darse cuenta de que le corroe la envidia, y le ha dicho a los santos de su devoción que de mayor quiere ser Borrell. Sus rezos han sido hoy atendidos y, como no se puede ser Borrell sin tener una Lola Flores, la Divina Providencia le ha proporcionado una que se llama Leo Messi. Por eso quiere Mas tener su propia agencia tributaria. No para que no paguen los Pujol, que si pagaran eso sí que sería un milagro; sino para que Hacienda no le toque los cataplines a los futbolistas del Barça en venganza por los baños que de tanto o en tanto le dan al Madrid.

Y de remate va Ana Botella y se les aparece a los turcos. Sin disimular la risilla por estarse librando de Estambul en la carrera por los Juegos Olímpicos de 2020, va y dice que lo que ella quiere es que Turquía avance en la senda de la democratización, como si la democracia de ese país no fuera de tanta o más calidad que la nuestra y tuviéramos nosotros algo que enseñarle a los turcos en ese sentido. Mientras Erdogan no haga alcaldesa de Estambul a su mujer, lo mejor que puede hacer Botella es callarse. Cuatro milagros en un sólo día. Eso no está ni al alcance de Alemania.

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