Crisis

España jovial

Emilio Campmany

Como no hay mal que por bien no venga, la crisis ha devuelto a España su jovialidad. La prosperidad económica nos había convertido en una especie de Suiza del Sur, circunspecta y adusta. Nos creímos un país serio, cada vez con mayor bienestar social, henchido de sobria riqueza. La política aburría por falta de sobresaltos y en los restaurantes las miradas de desaprobación se cernían sobre quien contara un chiste ordinario o soltara una risotada inoportuna. Como diría Rajoy, un coñazo de país.

Pero llegó la crisis al rescate y, antes de que sucumbiéramos a los encantos de la mortal serenidad centroeuropea, volvimos a ser pobres de golpe. El futuro fue de nuevo incierto, la prima de riesgo nos regaló un sofoco diario, los ministros volvieron a ensartar una tontería con otra y nosotros fuimos otra vez felices, sin tener que preocuparnos del mañana, que quizá no haya, y pudiendo disfrutar del presente que tengamos. Gracias a la crisis, hemos recuperado la pandereta del armario y a vivir que son tres días, casi literalmente.

Lo demuestra el telediario de ayer. Una anciana, eso sí, muy bien intencionada, restaura un Ecce Homo y hace de él una caricatura de Paquirrín. A los terroristas en huelga de hambre les encuentran latas de comida en sus celdas. Un diputado autonómico y una troupe de sindicalistas paniaguados toman un hotel de lujo, montan un picnic en sus jardines y se bañan en su piscina con el consentimiento del propietario y bajo la supervisión de la Guardia Civil. Ruiz Mateos, personaje entrañable de esta recuperada España jovial, dice que no comparece en un juzgado donde se investiga una de sus estafas porque le duele un pie, lo detienen para garantizar que pueda ser interrogado, de madrugada lo sueltan porque les da pena y al día siguiente vuelve a dar plantón a la juez. El ministro de Hacienda se pone como una pantera porque el de Industria pretende subir los impuestos a una empresa de la que él ha sido asesor, donde trabaja el hermano de su jefe de gabinete y que sienta en el consejo de administración a lo más granado de la política española, incluido un pariente del rey y el exjefe de su Casa. Y por último, de remate, en una comisión parlamentaria para investigar el desvío de mil cuatrocientos millones de euros, que se dice pronto, uno de los responsables, que encima se encuentra detenido, niega con toda rotundidad y un punto de indignación ser un putero, aunque se reconoce una persona jovial, que es cosa que debió de tranquilizar mucho a los miembros de la comisión.

Menos mal que el país vuelve por donde solía. Llegué a estar realmente preocupado. Creí que íbamos derechos al desastre. Pero al fin no hay mal que cien años dure ni régimen que impida que España sea el país alegre y divertido que nunca debió dejar de ser. Durará lo que tenga que durar, pero, poco o mucho, mientras tanto, lo pasaremos en grande.

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