España, en el lado equivocado

Emilio Campmany

El Aukus, ese tratado que acaban de firmar Australia, Gran Bretaña y Estados Unidos, ha enfadado mucho a los franceses. A todo el mundo le parece muy normal que los galos se disgusten porque el acuerdo tira abajo un contrato de 40.000 millones de dólares por unos submarinos diésel que Francia iba a construir para Australia. Ahora son los norteamericanos los que suministrarán los sumergibles, que serán de propulsión nuclear y patrullarán el Mar del Sur de la China. Además, está el ninguneo a una potencia como Francia con supuestos intereses en la zona, ya que posee por allí la Nueva Caledonia y la Polinesia francesa. La Unión Europea, especialmente Michel y Borrell, no tanto Von der Leyen, se han solidarizado con Francia y han comparado a Biden con Trump por no contar con sus aliados europeos. El encontronazo pone de relieve varias cuestiones que deberían hacernos reflexionar a los españoles.

Para empezar, lo que aquí está en juego no es el contrato naval. Lo decisivo es que la Unión Europea, por imposición de Alemania y Francia, no está dispuesta a enfrentarse a China del modo que quiere hacerlo Estados Unidos. Los europeos queremos llevarnos bien con Pekín porque hacemos muy buenos negocios con ellos. China, por ejemplo, es el tercer país importador de bienes alemanes. También conviene recordar los muchos problemas que estaba poniendo Francia para construir unos submarinos con los que Australia iba a vigilar los movimientos de la Armada china. En cualquier caso, ninguno de los dos quiere sufrir las represalias comerciales de Pekín, como tuvo que hacer Australia cuando osó exigir una investigación para dilucidar la responsabilidad del Gobierno chino en la propagación del covid-19.

El asunto es por tanto mucho más importante de lo que parece. El enfrentamiento que se avecina entre Estados Unidos y China va a obligar a los europeos a ponerse de un lado o de otro. Y está claro que Francia y, sobre todo, Alemania, con Merkel o sin ella, quieren que estemos todos del lado de China, porque es lo que les conviene económicamente. Italia, como Grecia, ya está de alguna manera integrada en el proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda, consistente en construir infraestructuras con dinero chino a cambio de sumisión comercial, y por tanto no está en posición de oponerse en esto a Francia y a Alemania. De forma que es probable que acabemos todos en el lado equivocado de una guerra que China no debería ganar. Sin embargo, entre los grandes, España es el país miembro que menos compromisos tiene con el gigante asiático. Deberíamos encabezar la resistencia a que Francia y Alemania nos arrastren a todos a estar del lado de Pekín. Pero no podemos hacerlo. Mientras París y Berlín nos tengan comprados dejándonos dirigir la política exterior europea en Hispanoamérica en defensa de las dictaduras comunistas que allí padecen, estaremos obligados a devolverles el favor dejándoles imponer en la Unión su política filochina.

Son muchas las razones por las que urge deshacerse de Sánchez. Las de política exterior no son las menos importantes.

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