Esa arma llamada Historia

Emilio Campmany

Coinciden esta semana dos grandes medios de comunicación anglosajones en denunciar el intento de Xi Jinping de aprovechar el gran desfile militar que conmemorará la victoria de China sobre Japón en la Segunda Guerra Mundial para reescribir la Historia. La principal falsedad que el dirigente chino quiere divulgar es que fueron los comunistas quienes derrotaron a los japoneses. No fue así. Quien los venció fue el Kuomintang del odiado Chang Kai Shek. Claro que con la inestimable ayuda de los norteamericanos. Luego, eso sí, los comunistas ganaron la guerra civil que desató su revolución. La idea del partido es presentar la China comunista como el vigía siempre atento que defenderá hoy a toda Asia del renovado expansionismo imperialista japonés como ya lo hizo anteriormente. Ni que decir tiene que si en Extremo Oriente hay hoy algún imperialismo expansionista que constituya una amenaza, ése es el chino, no el nipón.

También aquí la Historia se emplea como arma. Lo que trata de venderse por medio de la falsificación es que nuestro actual régimen, con ser más o menos democrático, es heredero del franquismo. Por serlo, la derecha que habita en él no es democrática, sino de uno u otro modo franquista, como prueba el que se niegue a condenar los crímenes del régimen de Franco. En cambio, la izquierda desciende directamente de la democracia que encarna la II República, abatida por unos militares con un golpe de Estado que desembocó en una guerra civil en la que las fuerzas democráticas fueron derrotadas por los fascistas. Por eso, el régimen se legitima cuando gobierna la izquierda y se deslegitima cuando lo hace la derecha o, mejor dicho, cuando lo hace esta derecha.

Y todo parte de una falsedad, que la II República fue un régimen democrático contra el que se levantaron los fascistas. Es posible que en sus inicios fuera o intentara ser democrática, aunque las primeras quemas de iglesias y conventos se produjeron en mayo de 1931, antes de que el nuevo régimen cumpliera un mes. De lo que no cabe duda es de que, a partir de las elecciones de febrero de 1936, dejó de serlo para convertirse en un régimen revolucionario de izquierdas que, hasta que Stalin le dio una dirección, no sabía muy bien dónde iba. Aunque sí sabía perfectamente hacia dónde no iba. Y hacia donde de ninguna manera iba era hacia la democracia. Contra él se levantaron no sólo los fascistas, sino toda la derecha. Y media España se enfrentó a la otra media. Y si en algo se parecieron fue en que ambas habían dejado de creer en la democracia.

Y luego esta izquierda tan democrática que tacha de fascistas a sus adversarios por no condenar el régimen de Franco le levanta un monumento a Largo Caballero, el Lenin español. Este socialista fue al menos tan responsable de la guerra civil como pudiera serlo Franco y, por supuesto, no era más demócrata que él. Con estos referentes son con los que la izquierda española se permite dar y negar marchamos de demócrata a los demás.

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