¿Es Theresa May peor que Sánchez?

Emilio Campmany

En España, estamos convencidos de que tenemos los peores políticos del mundo. Los nuestros son más egoístas, sectarios e incultos que nadie. Tienen pocas luces y, las que tienen, sólo brillan cuando hacen el mal. Y encima, la cosa va a peor. Pero, lo cierto es que el fenómeno se extiende por todo Occidente. El caso más palmario es el de Reino Unido. Parecía imposible que la patria de Palmerston, Disraeli, Gladstone, Salisbury, Churchill y Thatcher pudiera alojar en el 10 de Downing Street a alguien tan lerdo como David Cameron. Cuando dimitió, parecía igualmente imposible que su sucesora pudiera ser peor, hasta que Theresa May empezó a funcionar. Por si las desgracias fueran pocas, enseguida se vio que la alternativa al otro lado en los Comunes estaba ocupada por un filocomunista, anclado en los setenta, que tan sólo quiere encabezar el Gobierno para arrojar a su país a los tiempos en los que los sindicatos imponían su ley en las calles y a la nación. En el colmo de los males, el relevo que calienta banquillo en el partido conservador para cuando May caiga es Boris Johnson, un histrión que cree poder conducir a su patria a los tiempos en que Gran Bretaña dominaba las olas. Lo que está haciendo en realidad, junto con los demás conservadores euroescépticos, es conducirlo a la pobreza y la recesión.

¿Son nuestros políticos peores? Probablemente no. Pero tampoco son mejores. Uno de los elementos que se ha introducido en la política occidental que hace que el panorama sea tan sombrío es que ha desaparecido la ética de la dimisión. Ya no dimite nadie como no sea porque las circunstancias lo exijan de una forma abrumadora. Los políticos actuales consideran que su sabia dirección vale para una cosa y la contraria. May, que era partidaria de que su país permaneciera en la UE, se creyó capacitada para dirigir su salida. Derrotado su plan en dos ocasiones con sendas votaciones abrumadoramente en contra, continúa empeñada en seguir dirigiendo al país, aunque no sepa a dónde.

Aquí pasa lo mismo. Zapatero no tuvo empacho en adoptar todas las medidas que le exigieron desde fuera y que eran la pura negación de todo lo que había sido su política. Rajoy consideró que el arte de gobernar consiste en no hacer nada. Para los dos, lo esencial, lo nuclear, lo único importante fue que la presidencia del Gobierno estuviera ocupada por ellos. ¿Para hacer qué? Lo que sea. Eso no importa. Importa estar dirigidos por ellos. Nada más. Sánchez es igual. Pactó con Ciudadanos un programa de Gobierno y, como no salió, acordó el contrario con Podemos. Incluso hizo concesiones a quienes quieren destruir España para poder seguir gobernando. Como en los otros dos casos, no es lo que haga lo que importa. Lo sustancial es que lo haga él.

Nuestros políticos son cada vez peores, están peor instruidos y son lo opuesto a un estadista. El magro consuelo que nos cabe es que por ahí fuera no están mejor.

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