Desafío soberanista

Enséñame la pasta

Emilio Campmany

El diálogo como fin en sí mismo está tan valorado en España que Artur Mas y Mariano Rajoy, a pesar de no tener nada de qué dialogar, se han sentado nada menos que dos horas y media a eso, a dialogar. Tengo la certeza de que podían perfectamente haber despachado la reunión en quince minutos, y eso contando con que antes de entrar en materia se hubieran preguntado el uno al otro por la familia, la del Registro Civil, no la política, que preguntarle hoy a Mas por ésa es tanto como mentar la soga en casa del ahorcado. Todo se reduce a "Que quiero consultar a los catalanes si quieren una Cataluña independiente" y a un "Que no puedes hacerlo porque es ilegal". Y, sin embargo, hubo dos horas y media de reunión.

El objeto de una entrevista tan larga, salvo que se dedicaran a contar el dinero que ha amasado Pujol en el extranjero, no ha podido ser otro que las 23 demandas que Mas traía preparadas. Y, la verdad, no tiene sentido. No tiene sentido que Mas trajera a Madrid 23 exigencias alternativas a la independencia. Cuando el fervor patrio inunda el corazón no hay alternativa posible. Me dirán que ya ha aclarado Mas que no son alternativa, que la voluntad de celebrar la consulta sigue adelante y que ya pueden descubrir cuentas opacas, corrupciones y latrocinios de la casta política catalana que el proceso sigue. Lo de las 23 demandas sería, por tanto, no una alternativa sino "a més a més", que tanto le gustaba decir a Pujol. Pero sigue sin tener sentido.

¿Para qué reclaman 23 minucias si van a ser independientes en menos de un año? Bueno, pueden pensar que si de aquí a entonces son capaces de sacar unos centenares de millones de euros, ¿a quién le amarga un dulce? Pero eso sólo tendría sentido si Rajoy fuera completamente estúpido, y ya sabemos todos que no lo es. Porque esas 23 demandas, de las que todavía no conocemos los detalles, tienen toda la pinta de ser groseras exigencias de dinero o competencias capaces de generar ingresos económicos. Y alguien tan avisado como Rajoy no va a ser tan lerdo de conceder nada que no esté obligado por ley mientras siga en pie la amenaza separatista. Sólo un mentecato podría llegar a creer que cediendo a esas 23 exigencias renunciarán los separatistas a separarse, entre otras cosas porque ya se ha preocupado Mas de aclarar que él no renuncia a nada.

Y, sin embargo, no sé por qué me barrunto que al menos una mitad de esas 23 van a acabar en el bolsón de los independentistas. A lo mejor lo que sucede es que Rajoy no es tan listo como yo creo. Ya veremos qué pasa o, mejor, cuánto pasa.

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