Crimea

En Rusia siempre gobierna un zar

Emilio Campmany

Christopher Walker, autor de The Sleepwalkers; How Europe Went to War in 1914, ha publicado en Der Spiegel un sugestivo artículo titulado Parallels to 1914? What History Teaches Us About the Ukraine Crisis. Desgraciadamente las comparaciones que hace no son muy afortunadas. Lo que deberíamos preguntarnos no es qué nos enseña la historia en general, sino la de Rusia en particular. Esa inmensa nación, sin fronteras naturales, vivió siempre en constante expansión hacia tres de los cuatro puntos cardinales con guerras sucesivas contra sus vecinos más débiles y los imperios coloniales. Unas veces ganó y otras perdió. Pero, ninguna de esas derrotas la obligaron a contraer su expansión sustancialmente. Tuvo que ser Alemania la que lograra ese objetivo durante la Primera Guerra Mundial y, para poder hacerlo, tuvo que recurrir al juego sucio de facilitar a Lenin su vuelta a San Petersburgo para que su revolución ayudara a los alemanes a vencer.

Cuando tras una terrible guerra civil el régimen comunista se asentó, el nuevo zar rojo, Stalin, se dedicó a lo que siempre había hecho Rusia, expandirse cuanto más, mejor. Su primer objetivo fue recuperar los territorios perdidos en el tratado de Brest-Litovsk. Luego, llegó el turno de Polonia, para lo que no tuvo empacho en aliarse con Hitler (pacto Ribbentrop-Molotov). La guerra le permitió hacerse con Europa del Este y parte de Japón, en alianza con las potencias capitalistas. E inventó el término finlandización, una especie de protectorado moderno cuya primera víctima fue lógicamente la pobre Finlandia. Nunca las fronteras de la Rusia zarista habían llegado tan lejos.

Cuando cayó el comunismo, Europa del Este recuperó su libertad y muchas repúblicas soviéticas se independizaron, entre otras, Ucrania. Como en 1917, Rusia volvió a contraerse siendo víctima, no del asedio exterior, aunque como entonces también en esta ocasión existiera y tuviera su importancia, sino a causa de una profunda crisis interna equiparable a estos efectos a la revolución de octubre.

¿En qué puede extrañar que, alcanzada la recuperación de aquella crisis, como la Unión Soviética de los años treinta, los dirigentes rusos de ahora se hayan puesto como misión recuperar lo perdido y volver a expandir su territorio tanto como sea posible? A su alrededor, nadie está a salvo. No se trata sólo de las exrepúblicas soviéticas o la Europa que un día estuvo tras el telón de acero, lo que incluye a Alemania, sino que la amenaza se extiende a Turquía, que ya ha mostrado signos de inquietud, a Asia Central y a Extremo Oriente. Y ésa será la política exterior rusa de los próximos años, con Putin o sin él. Y algún día habrá que detener este expansionismo, aunque no sea indispensable conseguir que Rusia vuelva a contraerse, siempre que para entonces no haya llegado demasiado lejos. ¿Quién lo hará?

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