Partido Popular

En manos del grupo parlamentario

Emilio Campmany

Con el pasar de los años, el PP ha ido aprendiendo las mañas del PSOE. Ahora no sólo son igual de corruptos, sino que los dos partidos desean controlar el Poder Judicial, alimentan redes clientelares y desgranan el mismo discurso demagógico y populista. No sólo las mañas comparten, también la ideología. Convencidos de que la mayoría del electorado es socialdemócrata, los dos han acabado por aplicar el mismo programa, unos porque es el suyo y otros por creer que es el que le gusta a la gente. Y como ya se parecen como dos gotas de agua, a los cuadros populares les ha dado por hacer lo mismo que hicieron los socialistas, dejarse dulcemente conducir al suicidio por el inútil que tienen al frente.

Puedo comprender que a los populares, como a los socialistas, les importemos los españoles y lo que nos pase una higa. En cambio, no entiendo que no les importe lo que les pase a ellos y que, como los socialistas, permitan que un incapaz les dirija irremisiblemente al batacazo electoral. Es más, se arriesgan a que nunca vuelvan los españoles a confiarles el Gobierno de la nación y sean otros los que hereden el favor del electorado de derechas. No hay en ese destino ninguna inevitabilidad. El futuro de España y el del PP no están en manos de Rajoy, están en manos del Grupo Parlamentario Popular, esos 185 diputados responsables de haber puesto al frente del Gobierno a este hombre sin talla. Si no quieren deshacerse de él por haber traicionado groseramente el programa electoral con el que fueron elegidos, que lo hagan pensando en las próximas elecciones.

Ya sé que todos ellos apenas saben hacer otra cosa en esta vida que ser políticos y que dependen de los prebostes del partido para poder seguir en las listas en futuras elecciones, pero deben darse cuenta de que este hombre también se está cargando ese futuro porque van a perder un tercio o más de los votos que tuvieron en 2011 si le dejan seguir en La Moncloa. Ya no se trata de salvar a España, se trata de salvarse ellos. Tampoco es necesario que los 185 se rebelen de golpe y porrazo. Bastaría que un grupo de 30 o 40 empezara a hacer perder votaciones al Gobierno. Les sancionarán, pero no pueden privarles del acta de diputado.

También sé que, logrado el sueño de librarnos de este Gobierno, surgiría el problema de a quién entregárselo. Quizá eso fuera lo primero que tendrían que acordar esos 30 o 40 rebeldes. Y tendría que ser alguien a quien el resto no pudiera poner muchos peros. Sólo hay una persona capaz de evitar que, puesto su nombre seriamente sobre la mesa, alguien en el PP lo pusiera en entredicho. Y encima está obligado a acudir a la llamada porque es el responsable de haber entregado el partido a este estafermo que padecemos.

En sus manos estamos, señores diputados. Si no es por nosotros, háganlo por ustedes o por lo que quieran, pero por Dios háganlo.

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