En lo que Franco tenía razón

Emilio Campmany

Habitualmente, en los países occidentales hay algunas cosas en las que están de acuerdo derechas e izquierdas. Se trata normalmente de intereses nacionales que es natural que todos quieran defender. Sin embargo, en España el único pacto importante que se alcanzó fue sobre el terrorismo, y resultó ser una impostura, como demostraron el 11-M y la consiguiente negociación con ETA. Es como si aquí no hubiera intereses nacionales porque nada es lo suficientemente importante como para poner a todos de acuerdo. ¿Nada? Bueno, sí, hay algo. En lo que todos estamos de acuerdo es en lo que nos disgustan los judíos.

Y no deja de ser curioso, por ser el antisemitismo uno de los pilares de la política exterior de Franco que, como tal, la Ley de Memoria Histórica obliga teóricamente a erradicar. Los españoles arrancan las estatuas de Franco, tachan del callejero los nombres de quienes cometieron la indignidad de triunfar bajo el franquismo, borran por franquista el águila de San Juan hasta de la primera página de la Constitución Española, pasando por alto que el ave formaba parte del escudo oficial de España cuando se redactó. No sólo, sino que unos españoles atacan la bandera y el himno por ser herencia del franquismo y los demás se niegan a defenderlos para evitar ser tachados de franquistas. Pero, amigo, si se trata de judíos, nuestras antipatías siguen siendo las mismas que las que tenía Franco. Ya no hablamos de conjuras judeo-masónicas, pero aceptamos como verdad innegable cualquier conspiración de origen judío que nos cuenten. Aceptamos incluso como natural la obvia contradicción que supone encabezar la lucha contra toda clase de terrorismo y disculpar sin embargo el perpetrado bajo bandera palestina por estar dirigido contra los judíos. Y eso que el antisemitismo de Franco podía encontrar una remota justificación en que un régimen aislado como el suyo tenía que garantizarse el acceso al petróleo árabe. Ahora que España ya no padece el aislamiento internacional que sufrió durante el franquismo, hasta esa razón ha dejado de existir.

Tan antisemitas somos, que prácticamente nadie ha rechistado ante la ultrajante discriminación de la que ha sido víctima el cantante judío Matisyahu. Se trata éste de un acto que nos pone en evidencia como sociedad democrática, que quizá sólo lo sea en la forma, pero no en el fondo, en la que son posibles estas cosas, y lo son por obra de una organización financiada con dinero público. Y cuando alguien ha protestado, como el editorial de El País, lo ha hecho para que no se dude del "respeto de la sociedad española a la pluralidad de ideas". Y el problema no es que alguien pueda dudar de que, cuando se habla de judíos, la pluralidad de ideas en España deja de respetarse. El problema es que el antisemitismo goza aquí de amplia bula, y ay de quien defienda, ampare o justifique a los judíos. Y lo que le preocupa a El País no es que sea así, sino que se note.

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