PSOE

En busca del 'Prestige' perdido

Emilio Campmany

Los militares incompetentes, enfrentados a una guerra, siempre tratan de ganarla con las tácticas y estrategias con que se ganó la última. A nuestra izquierda institucional –o sea, el PSOE– le pasa lo mismo. Cree que recuperó el poder en 2004 gracias al Prestige y a la Guerra de Irak. Está convencido de que fueron las protestas callejeras lo que le devolvió a las moquetas. Así que ahora recurre de nuevo a las mismas tácticas y estrategias. Como sabía que perdería, mimó la calle desde antes de ser derrotado y coqueteó con el 15-M. Luego, ya vencido, convocó una huelga general y diversas manifestaciones contra los recortes. Simpatizó con los de Ocupa el Congreso porque pidió la dimisión de Rajoy, una idea con la que se le hizo la boca agua. Ahora vuelve, tras la experiencia piloto de Madrid, con el tema de la enseñanza y llama a una nueva huelga general. A lo mejor le da resultado, pero me permitiré dudarlo.

La sociedad española ya no es aquella sociedad alegre y confiada que creía que los únicos cataclismos posibles eran los medioambientales y su vocación, la de desfacer entuertos por el globo. Es verdad que las protestas de ahora no han sido provocadas por desastres ecológicos o conflictos exteriores, pero es igualmente cierto que la mayoría es bien consciente de que tenemos problemas a puñados que, como las cerezas, salen enredados unos con otros, y que no se arreglan con manifestaciones y huelgas. Todo está en cuestión, la Constitución, el Estado de las Autonomías, el del bienestar y la misma unidad de España. No sabemos si seremos capaces de generar en el futuro riqueza suficiente para mantener nuestros elevados servicios sociales, pero sabemos que, si continuamos gastando como hasta ahora, en pocos años no habrá dinero ni para atender a las necesidades más perentorias. Tampoco sabemos si nuestra organización administrativa es ineficaz por cómo está diseñada o por la incompetencia de quienes hemos elegido para gestionarla. Pero sí sabemos que, si seguimos igual, España se disolverá como un azucarillo en la boca de un diabético. No sabemos si el problema estriba en cómo está redactada nuestra Constitución o si por el contrario las dificultades han surgido porque no se aplica en toda su extensión. Pero sí sabemos que así no podemos aguantar, o la aplicamos entera o nos dotamos de una nueva.

Y en todo esto, a la mayoría le es fácil intuir que las protestas callejeras, tolerables como desahogo, son completamente inútiles. Si el PSOE decide que sus propuestas sean las que se gritan en la calle, acabará siendo irrelevante, porque esa mayoría hoy sabe que lo que la calle propone nos lleva al desastre. Y porque la calle preferirá siempre a quien con franqueza le prometa el paraíso que reclama, y que no son los socialistas, sino los comunistas. Los socialistas deciden. O trabajan con seriedad para reformar lo que hay que reformar, o se dejan absorber por IU. Bonito dilema.

A continuación