El triste final del aznarismo

Emilio Campmany

La detención de Eduardo Zaplana no es un escándalo más de corrupción del PP. Porque Zaplana no sólo fue alcalde, presidente de su comunidad y ministro. Zaplana fue además uno de los dos encargados por Aznar de guardar las esencias del aznarismo durante la etapa de Rajoy. Su puesto en Telefónica desde 2008 es además el típico momio con el que los políticos se premian los servicios prestados, una supuesta garantía de honradez mientras se ejerce el cargo gracias a la promesa de que hay vida después de la política. No, la de Zaplana no es cualquier detención.

La de Aznar fue la mejor época de la reciente España democrática y, sin embargo, con mentiras, medias verdades y verdades enteras, ha terminado siendo vista como una era funesta y nefanda. El Prestige, el "No a la guerra", el 11-M y la corrupción. Lo peor es lo de la corrupción. Porque en 1996 Aznar fue elegido para limpiar las montañas de porquería acumuladas debajo de las alfombras por el PSOE de Felipe González. Creímos que lo de los socialistas fue una excepción y que con Aznar todo volvería a la normalidad. No fue así. El Gonzalato instauró unas mañas que Aznar no quiso o no pudo erradicar. Da la impresión de que todos son corruptos y de que la Policía y Guardia Civil cogen a tantos como pueden, pero sin dar ni mucho menos abasto.

Sin embargo, más allá de lo evidentemente corrupto que fue, como antes que él el felipismo y tras él el zapaterismo, está la obvia voluntad de Zapatero y Rajoy de ennegrecer el aznarismo. La política exterior de Aznar, lo mejor de su época, ha sido tildada de irresponsable por causar el 11-M. Su política económica ha sido tachada de ultraliberal por introducir unos mínimos de liberalización que trajeron un considerable crecimiento económico. Su política antiterrorista, la verdadera responsable del fin de ETA, ha sido acusada de errática por su primera excesiva disposición a negociar y su posterior inclemencia en la persecución del entorno político etarra.

No se puede negar que hubo corrupción durante el aznarismo, mucha corrupción. Pero tampoco que, en lo que atañe a los demás, hubo tanta o más y no lo parece. Está por ejemplo el caso de Pepiño Blanco, archivado y olvidado. O la tupida manta informativa que trata los brutales escándalos del PSOE en Andalucía como si fueran incómodos fenómenos climatológicos. No hablemos del silencio que protege a los partidos nacionalistas. Están los catalanes, a quienes al parecer todo se les disculpa, no sé si por catalanes o nacionalistas. Y están los vascos, que, como controlan la inspección de Hacienda en su territorio, no hay forma de saber qué trajinan, que algo trajinarán, y sin embargo nunca sale nada de ellos.

Sí, la de Zaplana no es una detención más. Con él se llevan esposado también al aznarismo, culpable de corrupción, tanto como los demás, pero inocente del resto de acusaciones que se le hacen.

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